lunes, 24 de diciembre de 2018

El Nacimiento de Jesús


«Así, hacerse cristiano implica salir de lo que todos piensan y quieren, de los criterios dominantes, a fin de encontrar el acceso hacia la luz de la verdad de nuestro ser y de llegar con ella al recto camino.» (Joseph Ratzinger-Benedicto XVI. Jesús de Nazaret)

La capacidad de ser cristiano, es Cristo y la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica, que nos ayuda a crecer en la fe, en la santidad. No somos cristianos según la mentalidad de este mundo, sino por el Espíritu Santo, por el mismo Jesucristo. Los Apóstoles nos ayudan en esta vida, que debemos perseverar en todo momento, sin importarnos de lo que otros piensen de nosotros. Que lo más importante es que Dios nos apruebe, que nos vea dignos, aptos para la vida eterna. Nadie puede ser cristiano en su propia medida. Nuestra medida debe ser Cristo Jesús, y nadie más. 



Hacerse cristiano implica nuestra fidelidad a la Voluntad de Dios, negarnos a nosotros mismos para ser acogidos por el Hijo de Dios que nos quiere salvar. La Tradición Apostólica es un poder de Dios establecido en los fieles, para custodiar la propia fe.

Joseph Ratzinger,
Obras completas VI/1
Jesús de Nazaret [Edición completa]
Biblioteca de Autores Cristianos,
Capítulo III, págs. 51-53.
El nacimiento de Jesús
«Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (Lc 2,6s).
Comencemos nuestro comentario por las últimas palabras de esta frase: no había sitio para ellos en la posada. La reflexión creyente sobre estas palabras ha encontrado en esta indicación un paralelismo interior con las palabras, llenas de profundidad, del prólogo de Juan: «Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron» ( Jn 1,11). Para el Salvador del mundo, para aquel en vista del cual todo fue creado (cf. Col 1,16), no hay lugar. «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Mt 8,20). El que fue crucificado fuera de la ciudad (cf. Heb 13,12) vino al mundo también fuera de la ciudad.
Esto quiere hacernos reflexionar, quiere señalarnos el valor de los valores que reside en la figura de Jesucristo, en su mensaje. Desde el nacimiento, Él no pertenece al ámbito de lo que es importante y poderoso en el mundo. Y, sin embargo, precisamente, este que carece de importancia y de poder demuestra ser el verdaderamente poderoso, aquel de quien, en última instancia, depende todo. Así, hacerse cristiano implica salir de lo que todos piensan y quieren, de los criterios dominantes, a fin de encontrar el acceso hacia la luz de la verdad de nuestro ser y de llegar con ella al recto camino.
María recostó a su Hijo recién nacido en un pesebre (cf. Lc 2,7). Encontramos la tradición de que el lugar de nacimiento de Jesús fue una gruta, que los cristianos situaban en Palestina. El hecho de que después de la expulsión de los judíos de Tierra Santa de que el lugar de nacimiento de Jesús fue una gruta en un lugar de Ammuz-Adonis, al parecer queriendo eliminar con ello el culto conmemorativo cristiano, confirma la antigüedad de este lugar de culto
María envolvió al Niño en pañales. Sin sentimentalismo alguno podemos imaginarnos con cuánto amor esperó María su hora y preparó el nacimiento de su hijo. La tradición de los iconos interpretó también teológicamente el pesebre y los pañales partiendo de la teología de los Padres. El niño, rígido en su envoltura de pañales, aparece como una referencia anticipada a la hora de su muerte: desde el comienzo, él es el Ofrendado, como veremos todavía con más detalle al reflexionar sobre la frase acerca del primogénito.  De ese modo, se daba al pesebre la forma de una especie de altar.
Agustín interpretó el significado del pesebre con un pensamiento que parece primero casi inconveniente, pero que, considerado más atentamente, contiene una profunda verdad. El pesebre es el lugar en que los animales encuentran su alimento. Ahora bien, en el pesebre yace aquel que se ha designado a sí mismo como el verdadero pan bajado del cielo, como el verdadero alimento que necesita el hombre para su existencia humana. Es el alimento que regala al hombre la vida verdadera, la vida eterna. El pesebre se convierte así en referencia a la mesa de Dios a la que está invitado el hombre para recibir el pan de Dios. En la pobreza del nacimiento de Jesús se perfila el gran marco en el que se realiza misteriosamente la salvación del hombre.
Como hemos dicho, el pesebre hace referencia a animales, para los cuales es el lugar en que se alimentan. En el Evangelio no se habla de animales. Pero la meditación creyente, en su lectura conjunta del Antiguo y del Nuevo Testamento, llenó ya muy temprano este vacío remitiendo a Is 1,3: «El buey conoce a su amo, y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende».
Peter Stuhlmacher hace referencia a que, probablemente, ha ejercido su influjo aquí también la versión griega de Hab 3,2: «En medio de dos seres vivientes se te conocerá. […]. Cuando haya llegado el tiempo, te manifestarás» [Stuhlmacher, Die Geburt des Immanuel, 52.]. Al parecer, con los dos seres vivientes se están designando los dos querubines que, según Éx 25,18-20, señalan y ocultan, sobre la tapa del arca de la alianza, la misteriosa presencia de Dios. Así, el pesebre se convertiría de alguna manera en arca de la alianza en la cual Dios está misteriosamente  cobijado entre los hombres y frente a la cual ha llegado para «el buey y el asno», para la humanidad formada por judíos y paganos, la hora del conocimiento de Dios.

En la curiosa asociación de Is 1,3, Hab 3,2, Éx 25,18-20 y el pesebre aparecen ahora los dos animales como representación de la humanidad carente de entendimiento que, frente al niño, frente a la humilde aparición de Dios en el establo, alcanza el conocimiento y, en la pobreza de ese nacimiento, recibe la epifanía que ahora enseña a todos a ver. La iconografía cristiana recogió ya tempranamente este motivo. Ninguna representación del pesebre renunciará al buey y al asno.



Las enseñanzas de los Santos Padres,

San Lucas 2,6-7
  • 6 Y cuando ellos se encontraban allí, le llegó la hora del parto,
  • 7 y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento.

A modo de resumen, leemos unos extractos de las enseñanzas patrística del nacimiento de Jesús, su humanidad. Ciertamente que el Espíritu Santo capacita a los hijos de la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica, a comprender el sentido de la Palabra de Dios, cuando nos habla del nacimiento, los detalles que nos ofrece nos ayuda a nosotros, que somos ignorantes, a comprender el tesoro riquísimo, espiritual de todo lo que el Señor nos enseña. Fuera de la Iglesia nadie es capaz de comprender la Palabra de Dios, y la Navidad, al no comprenderlo, porque no tienen fe, porque están fuera de la Iglesia Católica, porque no trabajan por la Tradición Apostólica, y nosotros nos guiamos por ellos, tanto por el Magisterio de la Iglesia Católica como por los Santos Padres, conocidos algunos, y desconocidos otros.
La Navidad no es el consumismo, sino la vida siempre en torno a Jesús. Los que no tienen fe, y no quieren tenerla, dicen: “Felices navidades”, “juguetes, diversiones, entretenimientos…” no muestran cosas que nada tienen que ver con la Navidad.
Nosotros debemos ser la posada para acoger a la Sagrada Familia, en nuestra vida, no debe ocupar nuestro corazón cosas ajenas a la Voluntad de Dios. Un corazón completamente entero, entregado a la voluntad de Dios. Y debemos cuidar nuestra vida interior. Pues el enemigo siempre busca algún resquicio, que no tiene que haber en nosotros, por eso la vigilancia debe ser en todo tiempo.
Pero pongamos atención a algunos de los Santos que han comprendido de verdad la Santa Navidad, como decía, es una presentación, pero sus enseñanzas son más amplias.
A medida que se va acercando el momento del nacimiento de Jesús, el cristiano se va dando cuenta de que la Navidad constituye la base que hace posible todas las grandes fiestas de la Iglesia Católica: la Pascua, la Ascensión y Pentecostés (Crisóstomo). La primera escena ofrece el marco histórico del nacimiento de Jesús, precisando el tiempo que tuvo lugar el censo y el nacimiento del Niño (Eusebio de Cesarea). En el triunfo de Augusto está prefigurado el del Cristo, en cuyo reino fueron inscrito todos los creyentes en Nombre de Dios (Casia). Al nacer en el momento en que estaba realizándose el censo, Jesús paga su tributo al César, de manera que su presentación en el mundo pueda traer una paz (San Beda).
Aunque la concepción de Jesús se produce en Nazaret, el censo obliga a María a trasladarse a Belén, de manera que su Hijo nazca en la ciudad de David, Belén significa «casa del pan» (Beda). María está desposada con José, pero el Niño que lleva en su seno fue concebido sin intervención de varón (San Cirilo de Alejandría).
Belén se ha convertido ahora en el nuevo Edén, porque el paraíso abrirá ahora sus puertas con el nacimiento de Cristo (Himno de la Navidad) . La Virgen María hace de templo que alberga la carne de Jesús (Cirilo de Alejandría). Él es verdaderamente Dios y hombre, el primogénito de María y el primogénito de toda la humanidad, primogénito de la Gracia (Beda), que se humilló para que pudiésemos alcanzar nuestra integridad como seres humanos (San Ambrosio). Envuelto en pañales, no en una púrpura de Tiro, Jesús está acostado en un pesebre (Beda). Por medio de sus pañales nos libera de las ataduras del pecado que nos amordazaban (Juan el Monje). Se nos presenta asumiendo la debilidad de nuestra naturaleza humana para revestirnos de nuestro traje original de inmortalidad (Crisóstomo). Y lo han acostado en un pesebre como forraje para quiénes se comportan como bestias, de manera que, aún ahora, sigue siendo para nosotros el Pan bajado del cielo (Cirilo de Alejandría). El Señor de la creación no tiene donde nacer si no es en un pesebre rodeado de bestias de carga (Ambrosio, Jerónimo). No hay habitaciones en la posada junto al camino porque Jesús, mediante su encarnación, se convierte en el camino que nos lleva a casa (Beda).
Del mismo modo que los ángeles instruyeron a María y a José, así instruyen ahora a los pastores (Ambrosio). Como todo aquel que es pastor de un rebaño que le sigue, estos pastores necesitan de la presencia de Cristo. Los ángeles anuncian en Cristo al Médico de todas las naciones (Orígenes). Cuando el ángel anuncia que «hoy» ha nacido un «Salvador», anuncia el amanecer de un nuevo día que disipará la oscuridad gracias a la presencia del Reino de Dios en la Persona y ministerio de Jesús (Beda). El Salvador tiene dos nacimientos milagrosos: nacido del Padre desde toda la eternidad, nace ahora de María (Agustín). Comenzando con los pobres pañales del Niño Jesús como símbolo del Nacimiento del Mesías, y terminando con su cuerpo muerto envuelto por un sudario en su sepultura (cf. Lucas 23,53), Lucas establece una conexión entre el nacimiento, la muerte y la resurrección de Jesús (Gregorio Nacianceno).
El Gloria in Excelsis expresa las consecuencias de paz y buena voluntad que el nacimiento de Jesús produce en la tierra (Cirilo de Alejandría). En el cielo, el efecto es gloria a Dios; en la tierra, el nacimiento de Jesús proporciona paz en aquellos en quiénes descansa el favor de Dios (Jerónimo). El cielo desciende hasta la tierra en la Persona de Jesús, porque ambos se ha unido en su nacimiento. (Juan el Monje). En el nacimiento de Jesús, la gloria de Dios se manifiesta en forma de paz y buena voluntad entre Dios y la humanidad, entre los ángeles y los hombres (Gregorio Magno). Jesús es el hombre de paz que encarna la absoluta y perfecta Sabiduría (Agustín). En el nacimiento y en la muerte de Jesús de Nazaret, el cielo y la tierra se funden en un abrazo de paz (Efrén de Nisibi).
Los pastores, los primeros en anunciar el Evangelio, establecen el modelo de predicación para los pastores de la Iglesia. María medita en su corazón las palabras que ha escuchado y las compara con las que ha leído en el Antiguo Testamento y con lo que ahora percibe en el nacimiento de Jesús (Beda), [Textos de la Biblia comentada por los Padres de la Iglesia, Nuevo Testamento 3. Ciudad Nueva).
A continuación, la enseñanza de nuestra fe, que la Conferencia Episcopal Española, en la edición de la Sagrada Biblia Didajé, nos explica y enseña:
·        San Lucas 2,7: Primogénito: este término no significa que María tuviera más hijos después de Cristo. Más bien era el nombre dado al primer hijo varón de una mujer e iba acompañado de ciertos derechos, la herencia, y la posición social. La enseñanza de la Iglesia sobre la virginidad perpetua de María –antes, durante, y después del nacimiento de Cristo–, es uno de los pilares de la fe, que afirma la iniciativa absoluta y milagrosa de Dios en la Encarnación. El nacimiento de Cristo es el tercer misterio gozoso del Rosario y se celebra en la fiesta de la Natividad, o de Navidad. Pañales: tiras de tela que se usaban para envolver a los recién nacidos de tal manera que se les impedía mover los brazos o las piernas. Pesebre: abrevadero para los animales, utilizado aquí como cuna de Cristo [#502-503, #515].
·        San Lucas, 2,8-20, Los ángeles anunciaron a los pastores lo que significaba el nacimiento de Cristo: Él es Dios, el Salvador, el Mesías esperado. Nadie esperaba que el Mesías viniera a Israel como bebé, nacido en la pobreza de un establo, pero precisamente se rebeló la gloria del cielo [#333, 1374]
Es reconfortante meditar en el Evangelio, cuando los ángeles daban la feliz noticia del nacimiento del Salvador de toda la humanidad. No se hicieron los perezosos… Pero hoy día, es que es vergonzoso, cuando uno debe tratar por las cosas espirituales, mirar el reloj, si lo haré ahora o digo no tengo tiempo y que venga otro día. Señores, que el que se consagra al Señor, tiene que ser puntual ante la misión del Señor, dejar todas las demás cosas que no corresponde a la propia vocación, para vivir mejor la vida en Cristo Jesús. Este tipo de situación sucede, cuando el alma se cansa de su vocación, se cansa de las cosas del Señor, se vuelven fríos, indiferentes, con extrema negligencia. Y ellos hacen que haya cristianos que dejen de confiar en quienes antes confiaban. Porque si en los asuntos del Señor se trata con excesiva negligencia, también las almas sufrirás esos desprecios. Pero la insensibilidad interior del cristiano negligente, ya no tiene remordimiento de las obras mal hecha. Pues esto que sigue son palabras pronunciadas por el profeta Jeremías. Es un profeta, que también hoy día, por los pastores de prosperidad, se le desprecia. Veamos que dice el Santo profeta: «¡Maldito quien haga con desgana la tarea que encargó el Señor!» (Jeremías, 48, 10). En nuestra vocación no podemos retrasar lo que el Señor nos ha pedido, porque hacerlo de mala gana, seríamos unos malditos del Señor, y merecedores del castigo eterno.

Enseña la Sagrada Biblia Didajé: San Lucas 2, 16: Fueron corriendo: el mensaje que habían recibido era tan importante que fueron inmediatamente. El ejemplo de los pastores nos enseña la importancia de tomar a Dios como primera prioridad en nuestras vidas y su búsqueda sincera [#437].


Son ediciones muy importantes, porque están unidos a la verdad. Solamente en la edición de la Biblia, debe ser católica, no protestantes, porque ellos no son enseñando por el Espíritu Santo, son miembros muertos, porque aunque hablen de Cristo, pertenecen a la estirpe de Satanás, por eso están fuera de la Iglesia Católica.

Hoy nos ha nacido un Salvador (Lc 2,1-14)
En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se empadronase todo el mundo. 2 Este primer empadronamiento se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. 3 Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. 4 José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, 5 para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. 6 Y cuando ellos se encontraban allí, le llegó la hora del parto, 7 y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento.
8 Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. 9 De improviso un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz. Y se llenaron de un gran temor. 10 El ángel les dijo:
—No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: 11 hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; 12 y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.
13 De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo:
14  «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace».

  • El evangelio narra escuetamente el nacimiento de Jesús. No obstante, no deja de subrayar dos detalles: el lugar del nacimiento, Belén, y la pobreza y desamparo materiales que lo acompañaron. Ambos son también lección de Dios que se sirve de los sucesos de la historia humana para que se cumplan sus designios, y que hace de sus gestos enseñanza: «¿Hay algo que pueda declarar más inequívocamente su misericordia, que el hecho de haber aceptado la misma miseria? ¿Puede haber algo más rebosante de piedad que el que la Palabra de Dios se haya hecho tan poca cosa por nosotros? (...) Que deduzcan de aquí los hombres lo grande que es el cuidado que Dios ­tiene de ellos; que se enteren de lo que Dios piensa y siente por ellos» (S. Bernardo, In Epiphania Domini, Sermo 1,2).

  • «Se promulgó un edicto de César» (v. 1). Por los documentos extrabíblicos sólo conocemos un empadronamiento general en la época de Quirino (v. 2) el año 6 d.C., es decir, unos diez o doce años después del nacimiento del Señor (cfr Cronología de la vida de Jesús, pp. 45-46). Pero es posible que hubiera otros censos generales y hubo ciertamente censos locales. Tal vez la familia de Jesús fue a Belén con motivo de uno de estos censos y Lucas no dispuso de datos para ser más preciso (cfr nota a Hch 5,34-42). En todo caso, el propósito del evange­lista es claro: quiso situar en la historia universal el nacimiento de Jesús, y, al no disponer de una era común como nosotros, habla de Quirino (v. 2), gobernador de Siria, de la cual dependía Judá, y del edicto de César Augusto (v. 1), que reinó desde el 27 a.C. al 14 d.C. En esta alusión se sugiere también una paradoja: César se presentó en su tiempo como el salvador de la humanidad y, con el propósito de perpetuar su memoria, ­favoreció de tal manera las artes, que su época ha llegado a llamarse «el siglo de Augusto». Sin embargo, el verdadero salvador, como dice el ángel enseguida (2,11), es Jesús, y su nacimiento es el que instaura la nueva era en la que contamos los años y los siglos. Éste es el sentido que ya supo ver la primitiva exé­gesis cristiana: «Registrado con todos, podía santificar a todos; inscrito en el censo con toda la tierra, a la tierra ofrecía la comunión consigo; y después de esta declaración inscribía a todos los hombres de la tierra en el libro de los vivos, de modo que cuantos hubieran creído en Él, fueran luego registrados en el cielo con los Santos de Aquel a quien se debe la gloria y el poder por los siglos de los siglos» (Orígenes, Homilia X in Lucam 6).

  • «Dio a luz a su hijo primogénito» (v. 7). La Biblia —como otros documentos del antiguo Oriente— suele llamar «primogénito» al primer varón que nace, sea o no seguido de otros hermanos: «Puesto que la ley sobre los primogénitos incluye también al que no siguen otros hermanos, resulta que el nombre de primogénito se refiere a cualquiera que abre el seno materno y antes del cual no ha nacido ninguno, no sólo a aquél al que le sigue un hermano después» (S. Jerónimo, Adversus Helvidium 19). La Iglesia enseñó la verdad de fe de la virginidad perpetua de María (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 499) y algunos Padres la ampliaron también a San José: «Tú dices que María no permanecía virgen, yo digo más: que también el mismo José fue virgen por María para que el hijo virginal fuera engendrado en un matrimonio virginal. (...) Si él era para María, considerada por la gente como su esposa, más un protector que un cónyuge, entonces no queda sino concluir que quien fue considerado digno de ser llamado padre del Señor, haya vivido virginalmente con María (S. Jerónimo, Adversus Helvidium 19).

  • «Porque no había lugar para ellos en el aposento» (v. 7). La palabra griega que utiliza San Lucas —katályma— designa la habitación espaciosa de las casas, que podía servir de salón o cuarto de huéspedes: en el Nuevo Testamento se usa sólo otras dos veces para nombrar la sala donde el Señor celebró la Última Cena (22,11; Mc 14,14). Es posible, por tanto, que el evangelista quiera señalar con sus palabras que el lugar no era oportuno y que la Sagrada Familia quería preservar la intimidad del acontecimiento. Pero, además, en la pobreza del establo conocemos «la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza» (2 Co 8,9): «Atiende (...) a la pobreza de aquel que fue puesto en un pesebre y envuelto en pañales. ¡Oh admirable humildad, oh pasmosa pobreza! El Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la tierra es reclinado en un pesebre. (...) Considera la humildad, al menos la dichosa pobreza, los innumerables trabajos y penalidades que sufrió por la redención del género humano» (Sta. Clara de Asís, Carta a Inés de Praga). Esta humildad no sólo es ejemplo para los hombres, sino don de Dios que se abaja haciéndose cercano a nosotros. «Dios se humilla para que podamos acercarnos a Él, para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su poder, sino ante la maravilla de su humildad. Grandeza de un Niño que es Dios: su Padre es el Dios que ha hecho los cielos y la tierra, y Él está ahí, en un pesebre, quia non erat eis locus in diversorio (Lc 2,7), porque no había otro sitio en la tierra para el dueño de todo lo creado» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 18).

  • Las palabras de los ángeles a los pastores indican el significado del nacimiento de Jesús. Él no es un niño cualquiera, sino el Salvador, el Mesías, el Señor (v. 11). La divinidad de Jesús Niño no es manifiesta. Por eso, debía ser enseñada por medio de ángeles: «Necesita ser manifestado lo que de suyo es oculto, no lo que es patente. El cuerpo del recién nacido era manifiesto; pero su divinidad estaba oculta, y por tanto era conveniente que se manifestara aquel nacimiento por medio de los ángeles, que son ministros de Dios; por eso apareció el ángel rodeado de claridad, para que quedase patente que el recién nacido era “el esplendor de la gloria del Padre” (Hebreos 1,3)» (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae 3,36,5 ad 1). Las palabras de los ángeles indican también que la llegada del Salvador al mundo trae consigo los dones más excelentes: el reconocimiento de la gloria de Dios y la paz para los hombres (v. 14). De ahí el sentido profundo de la adoración de los pastores: la salvación que Cristo traía ­estaba destinada a hombres de toda raza y situación, y por eso eligió manifestarse a personas de distinta condición. «Los pastores eran israelitas; los magos, gentiles; aquéllos vinieron de cerca; éstos, de lejos, pero unos y otros coincidieron en la piedra angular» (S. Agustín, Sermones 202,1).

  • De los pastores, dice el Evangelista que fueron deprisa (v. 1) a Belén, porque como recuerda San Ambrosio, «nadie busca a Cristo perezosamente» (Exposiitio Evangelii secundum Lucam, ad loc). Ya antes se había dicho que tras la Anunciación, Nuestra Señora, había ido deprisa (v. 39), a visitar a Santa Isabel. El alma que ha dado entrada a Dios en su corazón vive con alegría la visita del Señor, y esa alegría da alas a su corazón.  


Reflexionando: Me viene al pensamiento el comienzo de un edificante versículo del Salmo 121, 1 dice: ¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!

Cuando estamos libres de pecados nos damos esas prisas para acercarnos al Señor, si la iglesia está todavía cerrada, esperamos hasta que abra, una vez abierto nos apresuramos a acercarnos al sagrario, porque ahí está el Altísimo, está Dios, está Nuestro Señor Jesucristo. 

Muchos cristianos, que también suelen celebrar la Navidad, no llegan a comprender esta alegría, porque permite que en su vida, en su corazón, ande dividido, la pretendida alegría espiritual se echa a perder cuando consienten las alegrías del mundo, servir a  Dios y al mundo, el corazón no comprende el sentido de la alegría. 

La ingratitud del alma negligente, siempre va al momento en que comienza la Santa Misa, incluso pasada la hora, y pronto en salir.

Y qué triste resulta, cuando hay algunos consagrados que van a desgana a celebrar la Santa Misa, llegan tarde, y hacen las cosas de mala gana. Que triste cuando se abandona a las almas que quieren vivir una vida más santa y piadosa. A mí me parece, que hay conductas que están vacías del verdadero amor a las almas, las desprecian, las abandona, porque quieren ser más espirituales. 

Los consagrados no debe pensar que solamente son los sacerdotes y religiosos, también todos los que hemos recibido el sacramento del Bautismo, nos hemos consagrado al Señor.

El pesebre es un comedero para animales, 


En un pesebre más pequeño, habrían recostado al Divino Niño Jesús.

De la Sagrada Biblia comentada por los Padres de la Iglesia:
Lo envolvió en pañales
·       Pañales, no manto de purpura. «Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molidos por nuestras culpas» (Isaías 53,5). Se ha de notar atentamente que el signo que se da del nacimiento del Salvador no es un niño vestido de púrpura tiria, sino uno envuelto en rudos paños, que no se ha de buscar en una cama adornada de oro, sino en un pesebre, es decir, no solo se ha vestido por nosotros con el hábito de la humildad y de la mortalidad, sino también con el de la pobreza. Él, que siendo rico se ha hecho pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza (Cf. 2 Corintios 8,9); Él, que siendo el Señor de los cielos se ha hecho pobre en la tierra para enseñar a los que vivimos en la tierra que por la pobreza del espíritu se puede ganar el Reino de los cielos (Beda, Exposición sobre el Evangelio de Lucas 1,2).


·       Los pañales y el pesebre señalan un nacimiento humano. Muchas veces habían aparecido ángeles en la tierra con forma humana, incluso el mismo Dios. Ahora bien, tal como aparecía no era la verdad de la carne, sino una acomodación. Quizás pienses que [Cristo] vino de esa manera, como aparecieron aquellos, pero la fe te dice que esa carne es verdadera, y que fue concebido, y nació y fue alimentado en un pesebre, no en un cuarto pequeño, ni en un salón delante de una gran muchedumbre, como la gente da a conocer su nacimiento. Incluso las profecías habían predicho mucho tiempo antes que no sólo iba a ser un hombre, sino también que sería concebido, sino que nacería y que sería alimentado como los demás niños. (Juan Crisóstomo, Contra los anomeos, 7,6)

·       Como alimento en un pesebre. Halló el ser humano reducido al estado animal. Por eso es colocado como alimento en un pesebre, para que nosotros, habiendo escapado de nuestra vida carnal, lleguemos a esa comprensión que es propia del hombre. Y como estábamos embrutecidos en el alma, al acercarnos a su mesa, esto es, al pesebre, ya no encontramos alimento, sino el Pan de cielo, el cuerpo de la vida (Cirilo de Alejandría, comentario al Evangelio de San Lucas, 2,7).

·       Jesús ha nacido en un establo de estiércol. No halló morada alguna en el Sancta sanctórum, que refulgía de oro, piedras preciosas, sedas y plata; no nace entre el oro y las riquezas, sino entre el estiércol, es decir en un establo (pues en todo establo hay estiércol) donde se hallaban nuestros vicios más inmundos. Entre el estiércol nace para levantar a quiénes en el estiércol se encontraban. «Alza del estiércol al pobre» (Salmo 113, 7 [112, 7 LXX ]  (Jerónimo Sobre la Natividad del Señor )



De los sermones dominicales y festivos de San Antonio de Padua, Doctor Evangélico.
Sermón para la Navidad, III, 7, página 197
… Y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre (San Lucas 2,27).
¡Oh, pobreza! ¡Oh humildad! El Señor de todos es envuelto en pañales; el Rey de los Ángeles es acostado en un establo. ¡Sonrójate, insaciable avaricia! ¡Consúmete soberbia del hombre! «Lo envolvió en pañales». Advierte que Cristo es envuelto en paños al principio y al fin de su vida. «José, —dice Marcos– compró una sábana, y bajándolo de la cruz, lo envolvió en la sábana» (San Marcos 15,46). Feliz aquel que acabe su vida en la inocencia bautismal. El viejo Adán, cuando fue echado del paraíso, «fue vestido con una túnica de pieles» (Cf. Génesis 3,21), que, cuanto más se lava, más fea se pone, y en ella se designa carnalidad y la de los suyos. Pero el nuevo Adán fue envuelto en pañales, en cuya blancura radiante se nos representa la limpieza de su Madre, la inocencia bautismal, la gloria de la resurrección general.  –Y lo acostó en el pesebre, porque no había sitio para El en la posada (San Lucas 2,7) […]. Aquí tienes, como se dice en las parábolas, a la cierva carísima y al gratísimo cervatillo (Proverbios 5,19). Se dice en las Ciencias Naturales que la cierva pare en camino trillado (…); así la bienaventurada Virgen dio a luz en el camino, porque no había sitio en la posada (…). Posada se dice en latín, diversorium. (…). 

Sermón de Navidad, III,8

III El anuncio del ángel a los pastores

El enuncio del ángel a los pastores: Y había unos pastores en la misma comarca que pernoctaba al raso y velaban por turno sobre su rebaño (Lucas 2,8)
Las vigilias o turnos de guardia se dicen el latín excubiæ o stationes (Cf. Isidoro, Etym. IX, 3,42, PL 82,346). Por eso los romanos antiguamente dividían la noche en cuatro vigilias y guardaban la ciudad por turnos. La noche es la vida presente, en la cual andamos a tientas como de noche. No nos vemos unos a otros, es decir, con los afectos del alma. El que quiera guardar bien su ciudad en esta noche, debe estar de centinela diligentemente en las cuatro vigilias de esta noche. La primera vigilia es la suciedad de nuestro nacimiento; la segunda, la maldad de nuestra iniquidad; la tercera, la miseria de nuestra peregrinación; la cuarta, el recuerdo de la muerte. En la primera debe velar para tenerse en poco; en la segunda, para mortificarse; en la tercera, para llorar, en la cuarta para temer. Felices aquellos pastores que guardan los turnos de esta noche, porque defienden excelentemente su rebaño. Nótese que el pastor vela sobre su rebaño por dos causas: para que el ladrón no se lo robe o para que el lobo no se lo arrebate. Todos nosotros somos pastores; nuestro rebaño es la multitud de pensamientos y deseos buenos y sencillos. Sobre este rebaño debemos velar diligentemente en los mencionados turnos, para que el ladrón, es decir, el diablo, no nos lo robe por medio de sugestiones, y el lobo, es decir, el apetito de la carne, no nos lo arrebate por medio del consentimiento. A los que velan así se les anuncia el gozo de la Navidad que hoy celebramos.

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Tenemos que vigilar nuestros pensamientos, nuestro corazón, porque el enemigo siempre está al acecho. Pero nuestra vigilancia constante, por medio, oración, sacramentos, Eucaristía, recogimiento en la Casa de Oración, si estamos atentos, no nos enredaremos en la perversidad del maligno.

En los asuntos del Señor debemos hacerlo bien y deprisa, pero nuestro cuerpo estará débil por la enfermedad, no así nuestro espíritu. No tenemos que hacer la obra de Dios con desgana. 



Relacionado:
De las visiones y revelaciones de la: 


Muy feliz y Santa Navidad a todos.

martes, 27 de noviembre de 2018

Beata Ana Catalina Emmerick. Capítulo XXV, visiones del anticristo y triunfo de la Iglesia (partes 18-20)


Nunca se ha de despreciar las profecías, sino examinarla con atención, separar las verdaderas profecías de las falsas. Un profeta de Dios no es profeta de prosperidad, sino que anuncian verdades para salvación de las almas. Exhorta el Espíritu Santo por San Pablo: 


«No apaguéis el espíritu, no despreciéis las profecías examinadlo todo: y quedaos con lo bueno. Guardaos de toda clase de mal» (1º Tesalonicenses 5,19-22)


Cuando examinamos atentamente siempre a la luz de la Palabra de Dios, y el Magisterio de la Católica, que nos encamina por la Tradición del Señor, diferenciamos la verdad del engaño, rechazamos todo lo que no sea de acuerdo con la fe de la Iglesia Católica, Apostólica. 

Alguien puede pensar, "¿cómo puedo creerme estas profecías?", debemos tener mucho cuidado con el tentador, que tiene la mala costumbre de sembrar desconfianza en los corazones para que no busquen la verdad. 


17. Ve la proximidad del Reino de Dios.

   Cuando hubo cesado el combate en la tierra, la iglesia y el ángel se tornaron blancos y resplandecientes, y el ángel desapareció. También desapareció la cruz, y en el lugar que ella ocupaba apareció una Señora alta y resplandeciente, encima de la iglesia, extendiendo sobre ella su dorado y brillante manto. Debajo en la iglesia se oyeron voces de mutua humillación y reconciliación. Vi a obispos y pastores acercarse y cambiar sus libros. Las sectas reconocieron a la iglesia por su admirable victoria y por la luz de la revelación que habían visto resplandecer en ella. Cuando vi esa unión, sentí profundamente la proximidad del reino de Dios. Vi un resplandor y una vida superior en toda la naturaleza y un santo impulso en todos los hombres, como cuando se aproximaba el nacimiento de Jesús, y de tal manera sentí la proximidad del reino de Dios, que me vi obligada a salir a su encuentro. (En esta parte de la visión, oraba en alta voz). 




18. Ve la Iglesia de Roma. 
(27 de Diciembre de 1820)

   Veo a la Iglesia Romana resplandeciente como el sol. De ella salían rayos a torrentes que se dilataban por el mundo entero. Me fue dicho que esto se refería a la revelación de San Juan, mediante los cuales algunos cristianos debían recibir parte de esa luz y que ésta recaería por entero a favor de la iglesia. He visto acerca de esto un cuadro muy preciso, pero no lo puedo expresar con palabras.


19. Ve a la Iglesia después del combate. 


   Vi  a la iglesia después del anterior combate resplandeciente como el sol. En ella se celebraba una gran solemnidad y vi que entraban muchas procesiones. Vi un nuevo Papa muy severo y riguroso. Antes de empezar la fiesta había despedido a muchos obispos y pastores, porque eran malos. Vi que concurrieron a la celebración de esta fiesta los santos Apóstoles especialmente. Entonces vi muy próximo el cumplimiento de estas palabras: “Señor, venga a nos el tu reino”. Apréciame ver descender de lo alto luminosos jardines celestiales y unirse con lugares inflamados de la tierra y todo allí sumergirse en la luz primitiva. Los enemigos, que habían huido del combate, no fueron perseguidos, pero se dispersaron.

20. Visión de la Jerusalén celestial. 


   Vi en las brillantes calles de la ciudad de Dios muchos palacios y jardines resplandecientes, en los cuales había innumerables cohortes de santos, que discurrían alabando a Dios y derramando sus gracias sobre los hombres. En la celestial Jerusalén no hay ninguna iglesia: el mismo Cristo es la Iglesia. María reina en la ciudad de Dios, y sobre ella están Cristo y la Santísima Trinidad. Desde Ella desciende sobre María celestial rocío, que se difunde sobre toda la santa ciudad.




   Vi debajo de la ciudad de Dios, a la Iglesia de San Pedro y me regocijé porque, a pesar de la negligencia de los hombres recibe siempre del cielo la verdadera luz. Vi los caminos que van a la Jerusalén celestial y a los santos pastores que conducían a ella a las mejores almas de su rebaño. Estos caminos no estaban muy llenos.

   Vi también el camino por donde yo he de ir a la ciudad de Dios, y vi, cómo desde el centro de un amplio círculo, a todos aquellos a quienes de algún modo había yo ayudado. Vi a todos los niños y a los pobres a quienes había cosido algún vestido y me admiré y me alegré especialmente al ver las diversas maneras en que los había cortado. Después vi todas las escenas de mi vida en que había sido útil a alguno, ya con mi ejemplo, o con auxilios, oraciones y trabajos. Vi el provecho que de aquí se había seguido en forma de jardines nacidos de mis propias obras. Estos jardines habían sido cultivados de diferente modo por sus diferentes modos; algunos los habían dejado perderse. He visto qué suerte cupo a cada una de aquellas almas en quienes yo había causado alguna impresión. 

Hasta aquí, el capítulo XXV. Pero todavía queda más sobre las revelaciones de la beata Emmerick 

Libro I: cap. XI, 4.

Reflexionando:
San Pío X, pertenecía a la Tercera Orden Franciscana, podría, cuando comenzó su pontificado tenía si no me equivoco, 45 años. Y con el tiempo, nació la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X. Monseñor Marcel Lefebvre se llenó del Espíritu Santo, y los sacerdotes de esta fraternidad, van por un camino de santidad. 

En esta parte, la Beata Ana Catalina, nos dice lo débil que era el verdadero Papa, aunque no dice el nombre, se hace notar que se trata de Benedicto XVI, pues desprovisto de ayuda, se aprovecharon los enemigos de Cristo. Al que no es Papa, le llama "jefe de la secta", que es el anti papa Bergoglio, y que numerosos cristianos consagrados o no, se han dejado dominar por la pereza y la cobardía. Recordemos que los cobardes no pueden heredar el Reino de los cielos, está declarado por el mismo Jesucristo en el Apocalipsis. 

Si Dios quiere, seguiré con esa parte. 


sábado, 24 de noviembre de 2018

Cristo, Rey del Universo, (Solemnidad)



Cristo, Rey del Universo, (Solemnidad) 

Este capítulo: Cristo, Rey del Universo, es un poco extenso por algunas homilías de San Juan Pablo II y Benedicto XVI, debemos reflexionar sobre los intereses de Cristo y no apartarnos de la Voluntad de Dios.





¿Por qué cuando una persona se convierte a Cristo comienza a seguirle, se le aumenta los problemas? Los problemas ya lo tenía antes, pero con Cristo, esos problemas ya no se convierten una carga, pero el diablo, siempre envidioso de que el alma se acerque a Cristo y se salve, es quien comienza a sembrar cizaña, maldades. 


Los problemas cuando seguimos a Cristo disminuyen también, las tentaciones cuando el alma no tiene a Cristo, enseguida cae. Pero teniendo a Cristo, nuestras tentaciones se vence, incluso llegan a desaparecer, pero necesario es que estemos altamente vigilantes, porque el enemigo infernal no desaprovecha las ocasiones cuando el alma se aleja de Cristo. 

Cuando esa alma vivía alejada de Cristo, cargada de pecados, también tenía un trabajo, las cosas le marchaba bien, eso creía, pero aunque tenía trabajo, no tenía a Dios. 

Pero cuando un alma sincera, que no ve provecho en la propia tibieza, a partir del seguimiento, cuando ha oído la invitación a la conversión del corazón y a su seguimiento su vida cambia, por el arrepentimiento de sus pecados, la oscuridad se desvanece y la luz le envuelve. Aparecen pruebas, hasta qué punto, el alma cristiana podrá soportar, persecuciones, incomprensiones, pierden amistades… Porque ha encontrado la perla preciosa de la vocación a la santidad. Todos estamos llamados a ser santos. Pero el demonio, siempre envidioso, incita a sembrar cizaña: calumnias, difamaciones, injurias, agresiones, graves acusaciones, que tras haberse estudiado el caso, no es culpable de tales acusaciones. Pero aquellos que se apartan de Cristo, hacen pacto con el pecado, entonces, el demonio ya no le persigue demasiado, porque aquella otra alma con su pecado, se precipita hacia su condenación.
El mundano, tampoco es demasiado perseguido por el mundo, porque es idólatra.
Cuando reconocemos la Majestad de Cristo, ¡es Rey!, ¡verdadero Rey y Salvador!, ¡nadie en el mundo como Él, que le amamos y adoramos, y caminamos tras sus huellas sin volver nuestros ojos a la corrupción del mundo!
Yo no entiendo a esos cristianos, que sabiendo que Cristo es Rey y Salvador, ponen una parte de su corazón a algún grupo o personaje de la política, que se pasan toda su vida mordiéndose unos a otros, ¿por qué estos cristianos se olvidan de Cristo? 

Pero veamos, oh, alma, debes decidirte a quien quieres seguir, porque si sigues a Cristo, no tienes necesitad de otros personajes según el mundo. Pero si te interesa; "este político, porque dice que hará las cosas bien", y luego terminas desengañada, porque no te tomaste el seguimiento de Cristo. ¿Qué te interesa alguien famoso del mundo del deporte, del cine, teatro, televisión? Es porque todavía, alma infeliz, no te has decidido en tu corazón a seguir a Cristo.

Bien, cuando rezamos la oración del Padre nuestro, debemos centrarnos en comprender lo que significa cada palabra, cuando llegamos, Venga a nosotros tu Reino. Debemos desear que sea así, que somos nosotros que debemos formar parte del Reino de Cristo Jesús, porque si no trabajamos por ello, vamos a terminar en las cárceles de las tinieblas despues de la muerte, y sería por culpa nuestra, porque nadie puede servir a dos señores, no podemos trabajar por los intereses de Cristo, nuestro Rey, si nos afanamos por los poderes de este mundo. 


«Cristo no era Rey de Israel para imponer tributo, ni para tener ejércitos armados y guerrear visiblemente contra sus enemigos; era Rey de Israel para gobernar las almas, para dar consejos de vida eterna, para conducir al Reino de los cielos a quienes estaban llenos de fe, de esperanza y de amor (San Agustín, Tratado del Evangelio de San Juan, 51,4)»  (Francisco Fernández Carvajal, Antología de textos, 3212. Ediciones Palabra)

(Venga a nosotros tu Reino). Puede suceder también que el mismo Cristo sea el Reino de Dios que todos los días deseamos que venga, y cuyo advenimiento mueve nuestro deseo, apenas el pensamiento nos lo representa (San Cipriano, en Cátena Aurea, Vol. I, página 358). (Francisco Fernández Carvajal, Antología de textos, 3210. Ediciones Palabra)



Quien se dedica a la Palabra de Dios, ya no puede querer otro camino que no sea el de Cristo Jesús, que lo debe ser todo para todos nosotros. 

Cristo, Rey del Universo
(Solemnidad)


Pintura del Juicio Final, por Fray Angélico, 

El Juicio final

San Mateo 25, 31-46.

31 «Cuando venga el Hijo del Hombre en su gloria y acompañado de todos los ángeles, se sentará entonces en su Trono de Gloria, 32 y serán reunidas ante Él, todas las gentes; y separará los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, 33 y pondrá a las ovejas a la derecha, los cabritos en cambio a la izquierda. 34 Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo: 35 porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; 36 estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme». 37 Entonces le responderán los justos: «»Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber?; 38 ¿Cuándo te vimos peregrino y te acogimos, o desnudo y te vestimos? 39 o ¿Cuándo te vimos en la cárcel y vinimos a verte?” 40 Y el Rey, en respuesta le dirá: «En verdad os digo que cuánto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a Mí me lo hicisteis». 41 Entonces dirá a los que estén a la izquierda: «Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles: 42 porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; 43 era peregrino y no me acogisteis; estaba desnudo y no me vestisteis» 44 Entonces le replicarán también ellos: “Señor, ¿Cuándo te vimos hambriento o sediento, peregrino o desnudo, enfermo o en la cárcel y no te asistimos? 45 Entonces les responderá: «En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también dejasteis de hacerlo conmigo. 46 Y estos irán al suplicio eterno; los justos, en cambio, a la vida eterna.»

Las tres parábolas precedentes (24,42-51; 25,1-13; 25,14-30) se siguen con el anuncio del juicio del Señor. Jesús presenta con toda su grandiosidad este Juicio Final, que hará entrar a todas las cosas en el orden de la justicia divina. La Tradición cristiana le da el nombre de Juicio Final, para distinguirlo del juicio particular al que cada uno deberá someterse inmediatamente después de la muerte: «Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 678). 
Todas las facetas enumeradas en los vv. 35-46 —dar de comer, dar de beber, vestir, visitar— resultan ser obras de amor cristiano cuando al hacerlas a estos «pequeños» (v. 40) se ve en ellos al mismo Cristo. Es significativo el pasaje si lo comparamos con otro anterior donde el Señor prometió que cualquiera que diera de beber sólo un vaso de agua fresca a uno de «estos pequeños por ser discípulo» (10,42), no quedaría sin recompensa. Pero ahora no se menciona el discípulo; al servir a cualquier hombre se sirve a Cristo. De aquí la importancia de practicar las obras de misericordia —corporales y espirituales— recomendadas por la Iglesia y también la entidad que tiene el pecado de omisión: no hacer lo que se debe supone dejar a Cristo mismo despojado de tales servicios. Las dimensiones del amor de Dios se miden por las obras de servicio a los demás: «Acá solas estas dos que nos pide el Señor; amor de Su Majestad y del prójimo; es en lo que hemos de trabajar. Guardándolas con perfección, hacemos su voluntad (...) La más cierta señal que —a mi parecer— hay de si guardamos estas dos cosas, es guardando bien la del amor del prójimo; porque si amamos a Dios no se puede saber (aunque hay indicios grandes para entender que le amamos), más el amor del prójimo, sí. Y estad ciertas que mientras más en éste os viereis aprovechadas, más lo estáis en el amor de Dios; porque es tan grande el que Su Majestad nos tiene, que en pago del que tenemos a el prójimo, hará que crezca el que tenemos a Su Majestad por mil maneras; en esto yo no puedo dudar» (Sta. Teresa de Jesús, Moradas 5,3,7-8). 
«Suplicio eterno» (v. 46). La existencia de un castigo eterno para los condenados y de un premio eterno para los elegidos es un dogma de fe definido solemnemente por el Magisterio de la Iglesia en el año 1215: «Jesucristo (...) ha de venir al fin del mundo, para juzgar a los vivos y a los muertos, y dar a cada uno según sus obras tanto a los réprobos como a los elegidos: todos los cuales resucitarán con sus propios cuerpos que ahora tienen, para recibir según sus obras —buenas o malas—: aquéllos, con el diablo, castigo eterno; y éstos, con Cristo, gloria sempiterna» (Conc. de Letrán IV, De fide catholica, cap. 1).

* * *

La mayor alegría del verdadero cristiano, es reconocer que tenemos a Cristo como único y verdadero Rey. En mi caso, no quiero otro rey terrenal, más aún cuando está en enemistad con Dios, ni siquiera otros gobernantes. Aunque hemos de orar por la conversión de todos ellos, tal como nos enseña la Palabra de Dios. Nuestro amor a Cristo que lo debe ser todo, en cuánto lo que hay dentro de nuestro corazón quede plenamente vacío de lo que no es Dios.  
Cierto, con mucha alegría, nos preparamos día a día, la espera del Señor, aún sin apegarnos a las tareas que tenemos en este mundo, por ejemplo, como lo hacía San José y María Santísima, la Sagrada Familia de Nazaret, que aun en el trabajo temporal, paso a paso, San José y María Santísima tenían a Dios muy cerca, el Divino Niño Jesús.  
  • CIC: 2046 Mediante un vivir según Cristo, los cristianos apresuran la venida del Reino de Dios, “Reino de justicia, de verdad y de paz” (MR, Prefacio de Jesucristo Rey). Sin embargo, no abandonan sus tareas terrenas; fieles al Maestro, las cumplen con rectitud, paciencia y amor. 

  • ·       «Cristo, a quien estaba sujeto el universo, se sujetó a los suyos» (S. Agustín, Sermones 51,19).
  • ·         Cuanto más cerca está de Dios el apóstol, se siente más universal: se agranda el corazón para que quepan todos y todo en los deseos de poner el universo a los pies de Jesús (J. ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n. 764).
  • ·         ¿Quién es el que con una poderosa e invisible mano, ha destruido de la sociedad de los hombres como a monstruos horribles aquella tropa tanto tiempo ha nociva y perniciosa, aquella cohorte de demonios que antes devoraban a todo el género humano, y por medio de los ídolos obraban entre los hombres una multitud de prodigios? ¿Quién sino nuestro Salvador es el que ha dado a los que abrazan la regla de esta vida pura y sincera, aquella filosofía que recibieron de su espíritu? ¿Quién sino este Señor les ha dado el poder para quitar de en medio de los hombres las reliquias de aquellos espíritus malignos, con la invocación de su nombre y las oraciones más puras que por Él se dirigen al Supremo Dios del universo? ¿Quién sino nuestro Salvador ha enseñado a sus discípulos, sacrificios no sangrientos, en los que una víctima racional es ofrecida a Dios con oraciones y con palabras divinas e inefables? De suerte que ya en toda la tierra se erigen altares y lugares consagrados a la concurrencia de los fieles, y en todas las naciones se ofrece a Dios, Monarca del universo, un culto digno de su infinita santidad, que consiste en sacrificios espirituales y en una víctima razonable. (Eusebio de Cesarea, sent. 8, Tric. T. 2, p. 85.)”
  • ·         “Las abejas tienen un solo rey; los ganados un pastor. ¿Con cuánta mayor razón deberá tener el universo un solo Dueño que todas las cosas hizo por su palabra, que las gobierna con su sabiduría y las conserva con su poder? A este Señor nadie le puede ver ni tocar, porque es superior a los sentidos; ninguno le puede comprender, porque excede infinitamente al entendimiento, y nunca mejor le comprendemos, que cuando le reconocemos incomprensible. ¿Qué templo se pudiera edificar para Aquel que tiene por templo el universo? Es necesario, pues, fabricarle un templo en nuestra alma, y consagrarle un altar en nuestro corazón: no preguntéis por su nombre: su nombre es Dios. Se ponen nombres a las cosas, por razón de distinguir unas de otras, y esto es preciso por su multitud: pero no habiendo más que un Dios, no se necesita otro nombre para distinguirle. (San Cipriano, I ib. de la falsedad de los ídolos, sent. 2S, Tric. T. I, p. 303.

 El cristiano debe conformarse con tener todo su corazón, hacia un Rey, es decir, a Jesucristo, de esta manera, estamos trabajando por el Reino de los cielos, en la tierra estamos de paso, es un tiempo brevísimo. 

Nosotros cuando nos sometemos a Cristo somos verdaderamente libre, y el alma que no se somete a Cristo, es esclavo de sí mismo, del mundo, del pecado, del demonio. Estar lejos de Cristo es someterse a la  tiranía de la muerte. 

* * *

Homilías de Juan Pablo II y Benedicto XVI sobre 
Jesucristo Rey del Universo


Textos recopilados por fray Gregorio Cortázar Vinuesa

(1/4) Juan Pablo II, homilía en San Pedro 26-11-1995 : «“Damos gracias a Dios Padre”. Así escribe san Pablo en el pasaje de la carta a los Colosenses, proclamado en la liturgia de hoy. “Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor, por cuya sangre hemos recibido la redención: el perdón de los pecados” (Col 1, 12-14). 


Hoy la Iglesia da gracias al Padre por la realeza de Cristo y por su reino, en el que el hombre experimenta los frutos de la redención; reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz (cf Prefacio). 


En este último domingo del año litúrgico, solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, rey del universo (…), se nos invita a cantar con el salmista: “¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén. Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta. Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor” (Sal 122, 1-4). Por tanto: ¡Vayamos con alegría al encuentro del Señor! 

La liturgia de esta solemnidad remite al Antiguo Testamento. En la primera lectura, tomada del segundo libro de Samuel, se nos presenta la figura del rey David, elegido para reinar en Israel después de Saúl. El Señor le había dicho: “Tú apacentarás a mi pueblo Israel; tú serás el caudillo de Israel” (2S 5, 2). Con ocasión de esta investidura particular se reúnen los ancianos de Israel y todo el pueblo en torno a David, el cual, delante del Señor en Hebrón, sella con ellos una alianza y es ungido como su rey. 

Este acontecimiento del Antiguo Testamento también es importante para la celebración de hoy. Lo evocan las palabras escuchadas por María de Nazaret en la Anunciación, cuando el mensajero celestial predice a propósito del que sería concebido en su seno y que nacería de ella: “El Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 32-33). Estas últimas expresiones indican la diferencia que existe entre Cristo rey y el rey David. Mientras el reino de David era temporal, pasajero, el reino de Cristo no tiene fin, es eterno, puesto que tiene origen en la eternidad y a ella conduce. 

Esto se explica de modo más amplio en la carta de san Pablo a los Colosenses: “Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas; celestes y terrestres, visibles e invisibles…; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él” (Col 1, 15-17). Así pues, el reino de Cristo es eterno. Él es rey por su divinidad. Es rey porque es consustancial al Padre; es rey porque se hizo hombre y, como tal, conquistó el reino mediante la cruz.


El pasaje del evangelio de san Lucas que acabamos de escuchar nos conduce a esta verdad, haciéndonos testigos de la crucifixión de Jesús. Su agonía en el Calvario va acompañada por la burla de los representantes del Sanedrín, que se mofan de él diciendo: “A otros salvó; que se salve a sí mismo, si Él es el Cristo de Dios, el elegido” (Lc 23, 35). También se burlan de él los soldados, que secundan a los miembros del Sanedrín: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate” (Lc 23, 37). Sus palabras se hacen eco de las de uno de los dos malhechores crucificados con él: “¿No eres tú el Cristo? Pues sálvate a ti y a nosotros” (Lc 23, 39). 

Pero ante estos ultrajes y maldiciones se eleva otra voz, la de uno de los crucificados con él, conocido por la tradición como el buen ladrón. Recrimina a su compañero y se dirige a Jesús: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino” (Lc 23, 42). Por una parte, este reino es objeto de burla, mientras que por otra se convierte en el contenido de una profesión de fe y de esperanza. Y es significativo que a esta confesión Cristo responda: “En verdad te digo: Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43). 


Por tanto, Cristo crucificado tiene plena conciencia de abrir las puertas de este reino no solo al buen ladrón, sino a todos los hombres. Se trata del reino que es conquistado al precio del sacrificio de la cruz. Siendo eternamente rey, se convierte al mismo tiempo, por su condición de “primogénito de toda la creación”, en rey, de manera particular, al precio del sacrificio ofrecido en la cruz. 

Esto nos permite, pues, comprender las otras expresiones de la carta a los Colosenses: “Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1, 19-20). Cristo es rey, en primer lugar, porque es el Hijo consustancial al Padre; en segundo lugar, como hombre es rey por la cruz, en la que ha rescatado a toda la humanidad; por último, su poder real fue confirmado por su resurrección de entre los muertos. 

Dios reveló su reino mediante la victoria sobre la muerte: “Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo” (Col 1, 18). Hoy damos gracias al Padre, porque nos ha hecho entrar en el reino de su Hijo amado. 

¡Vayamos con alegría al encuentro del Señor! (…). 

María, la Toda Santa, intercede por nosotros ante su Hijo único, para que guíe el corazón de cada uno en la realización de lo que es bueno y justo, de modo que agrademos siempre a Dios. Amén». 
(2/4) Benedicto XVI, Homilía en San Pedro 21-11-2010: «Esta importante festividad se sitúa en el último domingo del año litúrgico y nos presenta, al término del itinerario de la fe, el rostro regio de Cristo (…). Jesús es verdaderamente el Rey; lo es precisamente porque permaneció en la cruz, y de ese modo dio la vida por los pecadores.


En el Evangelio se ve que todos piden a Jesús que baje de la cruz. Lo escarnecen, pero es también un modo de disculparse, como si dijeran: no es culpa nuestra si tú estás ahí en la cruz; es solo culpa tuya, porque, si tú fueras realmente el Hijo de Dios, el Rey de los judíos, no estarías ahí, sino que te salvarías bajando de ese patíbulo infame. Por tanto, si te quedas ahí, quiere decir que tú estás equivocado y nosotros tenemos razón. 

El drama que tiene lugar al pie de la cruz de Jesús  (…) atañe a todos los hombres frente a Dios, que se revela por lo que es, es decir, Amor. En Jesús crucificado la divinidad queda desfigurada, despojada de toda gloria visible, pero está presente y es real. Solo la fe sabe reconocerla: la fe de María, que une en su corazón también esta última tesela del mosaico de la vida de su Hijo; ella aún no ve todo, pero sigue confiando en Dios, repitiendo una vez más con el mismo abandono: “He aquí la esclava del Señor” (Lc 1, 38). 

Y luego está la fe del buen ladrón, una fe apenas esbozada, pero suficiente para asegurarle la salvación: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Es decisivo el “conmigo”. Sí, esto es lo que lo salva. Ciertamente, el buen ladrón está en la cruz como Jesús, pero sobre todo está en la cruz con Jesús. Y, a diferencia del otro malhechor y de todos los demás, que lo escarnecen, no pide a Jesús que baje de la cruz ni que lo bajen. Dice, en cambio: “Acuérdate de mí cuando entres en tu reino”. Lo ve en la cruz desfigurado, irreconocible y, aun así, se encomienda a él como a un rey, es más, como al Rey. El buen ladrón cree en lo que está escrito en la tabla encima de la cabeza de Jesús: “El rey de los judíos”: lo cree, y se encomienda. Por esto ya está en seguida en el hoy de Dios, en el paraíso, porque el paraíso es estar con Jesús, estar con Dios (…). 

La Palabra de Dios (…) nos llama a estar con Jesús, como María, y no a pedirle que baje de la cruz, sino a permanecer allí con él (…). Sabemos por los Evangelios que la cruz fue el punto crítico de la fe de Simón Pedro y de los demás Apóstoles (…). No podían tolerar la idea de un Mesías crucificado. La “conversión” de Pedro se realiza plenamente cuando renuncia a querer “salvar” a Jesús y acepta ser salvado por él. Renuncia a querer salvar a Jesús de la cruz y acepta ser salvado por su cruz (…). 


He aquí nuestro gozo: participar, en la Iglesia, en la plenitud de Cristo mediante la obediencia de la cruz, “participar en la herencia de los santos en la luz”, haber sido “trasladados” al reino del Hijo de Dios (cf Col 1, 12-13). Por esto vivimos en perenne acción de gracias, e incluso en medio de las pruebas no perdemos la alegría y la paz que Cristo nos ha dejado como prenda de su reino que ya está en medio de nosotros, que esperamos con fe y esperanza, y ya comenzamos a saborear en la caridad. Amén». 



(3/4) Juan Pablo II, Ángelus 20-11-1983: «El reino escatológico de Cristo y de Dios (cf Col 1, 13) llegará a su cumplimiento cuando el Señor sea todo en todos, después de haber aniquilado el dominio de Satanás, del pecado y de la muerte. 

Sin embargo, el reino de Dios ya está presente “en misterio” dentro de la historia, y actúa en los que lo reciben. Está presente en la realidad de la Iglesia, que es sacramento de salvación y, a la vez, misterio cuyos confines solo conoce la misericordia del Padre que quiere salvar a todos [“La Iglesia llega, en cierto modo, tan lejos como la oración: dondequiera que haya un hombre que ora” (Audiencia general 14-3-1979]. La santidad de la Iglesia de aquí abajo es prefiguración de la futura plenitud del reino. 

Las espléndidas expresiones de la Carta a los Colosenses, a propósito de este reino (Col 1, 13), se refieren a todos los cristianos, pero en particular a María, preservada totalmente de la opresión del mal: “Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor”. Con Cristo el reino de Dios ha irrumpido en la historia, y todos los que lo han acogido se han hecho partícipes de él: “A cuantos lo recibieron, les da el poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre” (Jn 1, 12). 


María, Madre de Cristo y discípula fiel de la Palabra, entró en plenitud en el reino. Toda su existencia de criatura amada por el Señor (kejaritoméne) y animada por el Espíritu, es testimonio concreto y preludio de las realidades escatológicas». 
 

(4/4) Benedicto XVI, Homilía 25-11-2007: «Imponente fresco con tres grandes escenas: la crucifixión, la unción real de David y el himno cristológico de san Pablo»




SANTA MISA EN EL SANTUARIO DEL AMOR MISERICORDIOSO



HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II



Collevalenza, Perusa
Domingo 22 de noviembre de 1981


 
1. “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” (Mt 25, 43), Hemos escuchado estas palabras hace poco, en el Evangelio de la solemnidad de hoy. El Hijo del hombre pronunciará estas palabras cuando, como rey, se encuentre ante todos los pueblos de la tierra, al fin del mundo. Entonces, cuando “El separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras” (Mi 25, 32), a todos los que se hallen a su derecha, les dirá las palabras: heredad el reino”. 

Este reino es el don definitivo del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es el don madurado “desde la creación del mundo” (Mt 25, 34), en el curso de toda la historia de la salvación. Es don del amor misericordioso. 

Por esto, hoy, fiesta de Cristo Rey del universo y último domingo del año litúrgico, he deseado venir al santuario del Amor Misericordioso. La liturgia de este domingo nos hace conscientes, de modo particular, que en el reino revelado por Cristo crucificado y resucitado se debe cumplir definitivamente la historia del hombre y del mundo: “Cristo ha resucitado, primicia de todos los que han muerto” (1 Cor 15, 20). 

2. El reino de Cristo, que es don del amor eterno, del amor misericordioso, ha sido preparado “desde la creación del mundo”. 

Sin embargo, “por un hombre vino la muerte” (1 Cor 15, 21) y “por Adán murieron todos” (1 Cor 15, 22). 
A la esencia del reino, nacido del amor eterno, pertenece la Vida y no la muerte. 
La muerte entró en la historia del hombre juntamente con el pecado.

A la esencia, del reino, nacido del amor eterno, pertenece la gracia, no el pecado. 

El pecado y la muerte son enemigos del reino porque en ellos se sintetiza, en cierto sentido, la suma del mal que hay en el mundo, el mal que ha penetrado en el corazón del hombre y en su historia. 

El amor misericordioso tiende a la plenitud del bien. El reino “preparado desde la creación del mundo” es reino de la verdad y de la gracia, del bien y de la vida. Tendiendo a la plenitud del bien, el amor misericordioso entra en el mundo signado con la marca de la muerte y de la destrucción. El amor misericordioso penetra en el corazón del hombre., oprimido por el pecado la concupiscencia, que es “del mundo”. El amor misericordioso establece un encuentro con el mal; afronta el pecado y la muerte. Y en esto precisamente se manifiesta y se vuelve a confirmar el hecho de que este amor es más grande que todo mal. 

Sin embargo, San Pablo nos hace caer en la cuenta de lo largo que es el camino que este amor debe recorrer, el camino que lleva al cumplimiento del reino “preparado desde la creación del mundo”. Escribiendo sobre Cristo Rey, se expresa así: “Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte” (1 Cor 15, 25 s.). 

La muerte ya fue aniquilada por primera vez en la resurrección de Cristo, que en esta victoria se ha manifestado Señor y Rey. 

Sin embargo, en el mundo continúa dominando la muerte: “por Adán murieron todos”, porque sobre el corazón del hombre y sobre su historia pesa el pecado. Parece pesar de modo especial sobre nuestra época. 

¡Qué grande es la potencia del amor misericordioso que esperamos hasta que Cristo haya puesto a todos los enemigos bajo sus pies, venciendo hasta el fondo el pecado y aniquilando, como último enemigo, a la muerte! 

El reino de Cristo es una tensión hacia la victoria definitiva del amor misericordioso, hacia la plenitud escatológica del bien y de la gracia, de la salvación y de la vida. 

Esta plenitud tiene su comienzo visible sobre la tierra en la cruz y en la resurrección. Cristo, crucificado y resucitado, es revelación auténtica del amor misericordioso en profundidad. El es rey de nuestros corazones. 

3. “Cristo tiene que reinar” en su cruz y resurrección, tiene que reinar hasta que “devuelva a Dios Padre su reino...” (1 Cor 15, 24). Efectivamente, cuando haya “aniquilado todo principado, poder y fuerza” que tienen al corazón humano en la esclavitud del pecado, y al mundo sometido a la muerte; cuando “todo le esté sometido”, entonces también el Hijo hará acto de sumisión a Aquel que le ha sometido todo, “y así Dios lo será todo para todos” (1 Cor 15, 28). 

He aquí la definición del reino preparado “desde la creación del mundo”. 

He aquí el cumplimiento definitivo del amor misericordioso: ¡Dios todo en todos! 

Cuantos en el mundo repiten cada día las palabras “venga a nosotros tu reino”, rezan en definitiva “para que Dios sea todo en todos”. Sin embargo, “por un hombre vino la muerte” (1 Cor 15, 21), la muerte, cuya dimensión interna en el espíritu humano es el pecado. 

El hombre, pues, permaneciendo en esta dimensión de muerte y de pecado, el hombre tentado desde el comienzo con las palabras: “seréis como Dios” (cf. Gén 3, 5), mientras reza “venga tu reino”, por desgracia, se opone a su venida, incluso la rechaza. Parece decir: si en definitiva Dios será “todo en todos”, ¿qué quedará para mí, hombre? ¿Acaso este reino escatológico no absorberá al hombre, no lo aniquilará? 

Si Dios es todo, el hombre es nada; no existe. Así proclaman los autores de las ideologías y programas que exhortan al hombre a volver las espaldas a Dios, a oponerse a su reino con absoluta firmeza y determinación, porque sólo así puede construir el propio reino; esto es, el reino del hombre en el mundo, el reino indivisible del hombre. 

4. Así creen, así proclaman, y por esto luchan. Al comprometerse en esta batalla, parecen no advertir que el hombre no puede reinar mientras en él continúe dominando el pecado; que no es verdaderamente rey cuando la muerte domina sobre él... ¿Qué tipo de reino puede ser éste, si no libera al hombre de ese “principado, potestad y fuerza”, que arrastran al mal su conciencia y su corazón, y hacen brotar de las obras del genio humano horribles amenazas de destrucción? 


Esta es la verdad sobre el mundo en que vivimos. La verdad sobre el mundo, en el cual el hombre, con toda su firmeza y determinación, rechaza el Reino de Dios, para hacer de este mundo el propio reino indivisible. Y, al mismo tiempo, sabemos que en el mundo está ya el reino de Dios. Está de modo irreversible. Está en el mundo: ¡está en nosotros! 

¡Oh!, ¡de cuánta potencia de amor tiene necesidad el hombre y el mundo de hoy! ¡De cuánta potencia del amor misericordioso! Para que ese reino, que ya está en el mundo, pueda reducir a la nada el reino del “principado, poder y fuerza”, que inducen el corazón del hombre al pecado, y extienden sobre el mundo la horrible amenaza de la destrucción. 

¡Oh!, ¡cuánta potencia del amor misericordioso se debe manifestar en la cruz y en la resurrección de Cristo! 
« Cristo tiene que reinar... ». 
5. Cristo reina por el hecho de que lleva al Padre a todos y a todo, reina para entregar “el reino a Dios Padre” (1 Cor 15, 24), para someterse a sí mismo a Aquel que le ha sometido todas las cosas (1 Cor 15, 28). 
El reina como Pastor, como el Buen Pastor.


¡Viva Cristo Rey!




Pastor es aquel que ama a las ovejas y tiene cuidado de ellas, las protege de la dispersión, las reúne “de todos los lugares donde se desperdigaron el día de los nubarrones y de la oscuridad” (Ez 34, 12).

La liturgia de hoy contiene un emocionante diálogo del Pastor con el rebaño. 

Dice el Pastor: “Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear... Buscaré las ovejas perdidas, haré volver a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré debidamente” (Ez 34, 15-16). 

Dice el rebaño: “El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar. Me conduce hacia fuentes tranquilas, y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre... Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor, por años sin término” (Sal 22 [23], 1-3. 6).
 

Este es el diálogo cotidiano de la Iglesia: el diálogo que tiene lugar entre el Pastor y el rebaño y en este diálogo madura el reino “preparado desde la creación del mundo” (Mt 25, 24). 


Cristo Rey, como Buen Pastor, prepara de diversos modos a su rebaño, esto es, a todos aquellos a quienes El debe entregar al Padre “para que Dios sea todo para todos” (1 Cor 15, 28). 

6. ¡Cuánto desea El decir un día a todos: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino” (Mt 25, 34)!

¡Cómo desea encontrar, al culminar la historia del mundo, a aquellos a los que podrá decir: “...tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25, 35-36)! 
¡Cómo desea reconocer a sus ovejas por las obras de caridad, incluso por una sola de ellas, incluso por el vaso de agua dado en su nombre (cf. Mc 9, 41)! 

¡Cómo desea reunir a sus ovejas en un solo redil definitivo, para colocarlas “a su derecha” y decir: “heredad... el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”!
 

Y, sin embargo, en la misma parábola, Cristo habla de las cabras que se hallarán “a la izquierda”. Son los que han rechazado el reino. Han rechazado no sólo a Dios, considerando y proclamando que su reino aniquila el indiviso reino del hombre en el mundo, sino que han rechazado también al hombre: no le han hospedado, no le han visitado, no le han dado de comer ni de beber. 

Efectivamente, el reino de Cristo se confirma, en las palabras del último juicio, como reino del amor hacia el hombre. La última base de la condenación será precisamente esa motivación: “cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo” (Mt 25, 45).

Este es, pues, el reino del amor al hombre, del amor en la verdad; y, por esto, es el reino del amor misericordioso. Este reino es el don “preparado desde la creación del mundo”, don del amor. Y también fruto del amor, que en el curso de la historia del hombre y del mundo se abre constantemente camino a través de las barreras de la indiferencia, del egoísmo, de la despreocupación y del odio; a través de las barreras de la concupiscencia de la carne, de los ojos y de la soberbia de la vida (cf. 1 Jn 2, 16); a través del fomes del pecado que cada uno lleva en sí, a través de la historia de los pecados humanos y de los crímenes, como por ejemplo los que gravitan sobre nuestro siglo y nuestra generación... ¡a través de todo esto!


¡Amor misericordioso,
te pedimos que no nos faltes!
¡Amor misericordioso,
sé infatigable!
¡Sé constantemente
más grande que todo el mal
que hay en el hombre y en el mundo!
¡Sé más grande que ese mal,
que ha crecido en nuestro siglo
y en nuestra generación!
¡Sé más potente
con la fuerza del Rey crucificado!

“Bendito su reino que viene”.





Plaza de San Pedro, Domingo 22 de noviembre de 2009.

Queridos hermanos y hermanas:  
En este último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, una fiesta de institución relativamente reciente, pero que tiene profundas raíces bíblicas y teológicas. El título de “rey”, referido a Jesús, es muy importante en los Evangelios y permite dar una lectura completa de su figura y de su misión de salvación. Se puede observar una progresión al respecto: se parte de la expresión “rey de Israel” y se llega a la de rey universal, Señor del cosmos y de la historia; por lo tanto, mucho más allá de las expectativas del pueblo judío. En el centro de este itinerario de revelación de la realeza de Jesucristo está, una vez más, el misterio de su muerte y resurrección. Cuando crucificaron a Jesús, los sacerdotes, los escribas y los ancianos se burlaban de Él diciendo: “Es el rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en Él” (Mt 27, 42). En realidad, precisamente porque era el Hijo de Dios, Jesús se entregó libremente a su pasión, y la cruz es el signo paradójico de su realeza, que consiste en la voluntad de amor de Dios Padre por encima de la desobediencia del pecado. Precisamente ofreciéndose a sí mismo en el sacrificio de expiación Jesús se convierte en el Rey del universo, como declarará Él mismo al aparecerse a los Apóstoles después de la resurrección: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.” (Mt 28, 18).  
Pero, ¿en qué consiste el “poder” de Jesucristo Rey? No es el poder de los reyes y de los grandes de este mundo; es el poder divino de dar la vida eterna, de librar del mal, de vencer el dominio de la muerte. Es el poder del Amor, que sabe sacar el bien del mal, ablandar un corazón endurecido, llevar la paz al conflicto más violento, encender la esperanza en la oscuridad más densa. Este Reino de la gracia nunca se impone y siempre respeta nuestra libertad. Cristo vino “para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37) —como declaró ante Pilato—: quien acoge su testimonio se pone bajo su “bandera”, según la imagen que gustaba a san Ignacio de Loyola. Por lo tanto, es necesario —esto sí— que cada conciencia elija: ¿a quién quiero seguir? ¿A Dios o al maligno? ¿La verdad o la mentira? Elegir a Cristo no garantiza el éxito según los criterios del mundo, pero asegura la paz y la alegría que sólo Él puede dar. Lo demuestra, en todas las épocas, la experiencia de muchos hombres y mujeres que, en nombre de Cristo, en nombre de la verdad y de la justicia, han sabido oponerse a los halagos de los poderes terrenos con sus diversas máscaras, hasta sellar su fidelidad con el martirio.  
Queridos hermanos y hermanas, cuando el ángel Gabriel llevó el anuncio a María, le predijo que su Hijo heredaría el trono de David y reinaría para siempre (cf. Lc 1, 32-33). Y la Virgen Santísima creyó antes de darlo al mundo. Sin duda se preguntó qué nuevo tipo de realeza sería la de Jesús, y lo comprendió escuchando sus palabras y sobre todo participando íntimamente en el misterio de su muerte en la cruz y de su resurrección. Pidamos a María que nos ayude también a nosotros a seguir a Jesús, nuestro Rey, como hizo ella, y a dar testimonio de él con toda nuestra existencia. 
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Nuestros padres nos llevaron al sacramento del Bautismo, porque quisieron todo lo mejor para nosotros, ser coherederos con Cristo, alcanzar la vida eterna.

Gracias mi Señor y Dios mío, tú me creaste para vivir la alegría en el cielo, aunque ahora en la tierra, en este valle de lágrimas, padecemos por tu amor, gracias Señor por estos padecimientos, porque nos hacen semejantes a ti, y un día la alegría eterna, ya no habrá temores ni lágrimas, ya no tendremos oscuridades interiores, porque Tú, mi Señor y Dios mío, lo eres todo para nosotros, y nosotros no siempre hemos sido del todo para ti. Perdónanos Señor, pues te necesitamos en todo momento. 



No queremos ningún éxito en lo terrenal, no queremos la recompensa ahora, pues todo lo esperamos de ti. 



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Cristo vive y reina por los siglos de los siglos

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Oración y acción de gracias



De los escritos de San Francisco de Asís – Biografías – documentos de la época.
Textos legislativos,
1ª Regla, XXIII
Páginas 127-130. BAC. Madrid. 2013.

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Francisco de Asís, Escritos. 
Edición crítica de Carlos Paolazzi. OFM. 

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Omnipotente, Santísimo, Altísimo y Sumo Dios, Padre Santo y Justo, Señor Rey de cielo y tierra (cf. Mt 11,25), te damos gracias por ti mismo, pues por tu santa voluntad, y por medio de tu único Hijo con el Espíritu Santo, creaste todas las cosas espirituales y corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza, nos colocaste en el paraíso (cf. Gén 1,26; 2 2,15). Y nosotros caímos por nuestra culpa.
Y te damos gracias porque, al igual que nos creaste por tu Hijo, así, por el Santo amor con que nos amaste (cf. Jn 17,26), quisiste que Él, verdadero Dios y verdadero hombre naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima Santa María, y quisiste que nosotros, cautivos, fuéramos redimidos por su cruz, y sangre, y muerte. Y te damos gracias porque este mismo Hijo tuyo ha de venir en la gloria de su majestad a arrojar al fuego eterno a los malditos, que no hicieron penitencia y no te conocieron a ti, y a decir a todos los que te conocieron y adoraron y te sirvieron en penitencia: Venid, benditos de mi Padre; recibid el reino que os está preparado desde el origen del mundo (cf. Mt 25, 34). 
Y porque todos nosotros, míseros y pecadores, no somos dignos de nombrarte, imploramos suplicantes que nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo amado, en quien has hallado complacencia (cf. Mt 17,5), que te basta siempre para todo y por quien tantas cosas nos has hecho, te dé gracias de todo junto con el Espíritu Santo Paráclito como a ti y a El mismo le agrada. ¡Aleluya!
Y a la gloriosa Madre y Beatísima siempre Virgen María, a los bienaventurados Miguel, Gabriel y Rafael y a todos los coros de los bienaventurados espíritus serafines, querubines, tronos, dominaciones, principados, potestades, (cf. Colosenses 1,15) virtudes, ángeles arcángeles; a los bienaventurados Juan Bautista, Juan Evangelista, Pedro, Pablo y a los bienaventurados patriarcas, profetas, inocentes, apóstoles, evangelistas, discípulos, mártires, confesores, vírgenes; a los bienaventurados Elías y Enoc y a todos los santos que fueron, y serán, y son, les suplicamos humildemente, por tu amor, que, como te agrada, por estas cosas te den gracias a Ti, sumo Dios verdadero, eterno y vivo, con tu queridísimo Hijo nuestro Señor Jesucristo y el Espíritu Santo Paráclito, por los siglos de los siglos, (Apocalipsis 19,3) Amén. ¡Aleluya! (Apocalipsis 19,4)
Y a todos los que quieren servir al Señor Dios, dentro de la Santa Iglesia Católica y Apostólica y a todos los órdenes siguientes: sacerdotes, diáconos, subdiáconos, acólitos, exorcistas, lectores, ostiarios y a todos los clérigos; a todos los religiosos y religiosas, a todos los conversos y pequeños, a los pobres e indigentes, reyes y príncipes, artesanos y agricultores, siervos y señores, a todas las vírgenes y viudas y casadas, laicos, varones y mujeres, a todos los niños, adolescentes, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, a todos los pequeños y grandes, y a todos los pueblos, gentes, tribus y lenguas (cf. Ap 7,9), a todas las naciones y a todos los hombres de cualquier lugar de la tierra que son y serán, humildemente les rogamos y suplicamos todos nosotros, hermanos menores, siervos inútiles (Lc 17,10), que todos perseveremos en la verdadera fe y penitencia, porque de otra manera ninguno podrá salvarse
Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con toda la fuerza (cf. Mc 12,30) y poder, con todo el entendimiento, con todas las energías, con todo el empeño, con todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los deseos y quereres, al Señor Dios (Mc 1,30 33; Lc 10,27), que nos dio y nos da a todos nosotros todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida, que nos creó, nos redimió y por sola su misericordia nos salvará (cf. Tob 13, 5); que nos ha hecho y hace todo bien a nosotros, miserables y míseros, pútridos y hediondos, ingratos y malos.
Ninguna otra cosam por tanto, deseemos, ninguna otra nos plazca y deleite, sino nuestro Creador y Redentor y Salvador, el Sólo verdadero Dios, que es pleno bienm todo bien, total bien, verdadero y sumo Bien, que es el solo Bueno (cf. Lucas 18,19), piadoso, manso, humilde, suave y dulce; que es el solo Santo, Justo, Verdadero y Recto; el Solo que es benigno, inocente, puro; de quien de por quién y en quien (cf. Romanos, 11,36) es todo el perdón, toda la gracia, toda la gloria de todos los penitentes y de todos los justos, de todos los bienaventurados que gozan junto en los cielos.
Nada, pues, impida, nada separe, nada se interponga ; nosotros todos, dondequiera, en todo lugar, a toda hora y en todo tiempo, todos los días y continuamente, creamos verdadera y humildemente y tengamos en el corazón y amemos, honremos, adoremos, sirvamos, alabemos y bendigamos, glorifiquemos y sobresaltemos, engrandezcamos y demos gracias al Altísimo y sumo Dios eterno, Trinidad y Unidad, Padre, e Hijo, y Espíritu Santo, Creador de todas las cosas y salvador de todos los que en Él creen y esperan y lo aman; que sin principio y sin fin, es inmutable, invisible, inenarrable, inefable, incomprensible, inescrutable (cf. Rom 11,33), bendito, loable, glorioso, sobrexaltado (cf. Dan 3,52), sublime, excelso, suave, amable, deleitable y sobre todas las cosas todo deseable por los siglos. Amén.





A ti, oh Dios, te alabamos,
a ti, Señor, te reconocemos.
A ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.


Los ángeles todos, los cielos
y todas las potestades te honran.

Los querubines y serafines
te cantan sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del universo.

Los cielos y la tierra
están llenos de la majestad de tu gloria.

A ti te ensalza
el glorioso coro de los apóstoles,
la multitud admirable de los profetas,
el blanco ejército de los mártires.

A ti la Iglesia santa,
extendida por toda la tierra,
te aclama:
Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de adoración,
Espíritu Santo, Defensor.
Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.
Tú eres el Hijo único del Padre.
Tú, para liberar al hombre,
aceptaste la condición humana
sin desdeñar el seno de la Virgen.

Tú, rotas las cadenas de la muerte,
abriste a los creyentes el reino del cielo.
Tú te sientas a la derecha de Dios
en la gloria del Padre.

Creemos que un día
has de venir como juez.

Te rogamos, pues,
que vengas en ayuda de tus siervos,
a quienes redimiste con tu preciosa sangre.
Haz que en la gloria eterna
nos asociemos a tus santos.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.

Sé su pastor
y ensálzalo eternamente.

Día tras día te bendecimos
y alabamos tu nombre para siempre,
por eternidad de eternidades.

Dígnate, Señor, en este día
guardarnos del pecado.

Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor,
venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

En ti, Señor, confié,
no me veré defraudado para siempre.