(San Cirilo de Jerusalén. Catequesis 12, 34. Página 262 y siguiente. Ed. Ciudad Nueva. 2006)
Canto a la pureza34. Con la gracia de Dios, corramos todos la carrera de la pureza, jóvenes y vírgenes, ancianos junto con los más jóvenes (Cf. Salmo CXLVIII [148], 12), no corriendo tras el libertinaje sino celebrando el Nombre de Cristo. No ignoremos la gloria de la pureza, porque es un honor como de ángeles, y una perfección que sobrepasa al hombre. Tengamos respeto al cuerpo que ha de brillar como el sol (Cf. San Mateo XIII, 43); no vaya a suceder que –por un placer insignificante– ensuciemos un cuerpo tan noble y tan grande; poca cosa es en verdad y efímero el pecado, pero el deshonor que acarrea dura muchos años y aun eterno.
Ángeles que caminan por la tierra son los que guardan la pureza; las vírgenes tienen parte con la Virgen María. Destiérrese todo ornato superfluo y toda mirada viciosa y toda conversación que destruye y toda gala en el vestido y todo perfume que incentiva el placer. El perfume que debe respirarse en todos es el buen olor de la oración y de las buenas obras, y la santidad del cuerpo; para que el Señor, Nacidos de la Virgen, diga de nosotros también –Lo mismo los varones que guardan la pureza que de las mujeres que ciñen– Yo habitaré en medio de ellos, y seré su Dios y ellos serán mi pueblo (Lv, XXVI,11-12; II Corintios, VI, 16). Para Dios la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

No hay comentarios:
Publicar un comentario