martes, 19 de marzo de 2019

San Bernardino de Siena, San José, Protector y custotio fiel




Del Oficio Divino, Liturgia de las Horas. 
De los sermones de san Bernardino de Siena, presbítero; 
Sermo 2, de S. Ioseph: Opera 7, 16. 27-30.


Protector y custodio fiel


La norma general que regula la concesión de gracias singulares a una criatura racional determinada es la de que, cuando la gracia divina elige a alguien para otorgarle una gracia singular o para ponerle en un estado preferente, le concede todos aquellos carismas que son necesarios para el ministerio que dicha persona ha de desempeñar.


Esta norma se ha verificado de un modo excelente en San José, padre putativo de nuestro Señor Jesucristo y verdadero esposo de la Reina del universo y Señora de los ángeles. José fue elegido por el eterno Padre como protector y custodio fiel de sus principales tesoros, esto es, de su Hijo y de su Esposa, y cumplió su oficio con insobornable fidelidad. Por eso le dice el Señor: «Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor».


Si relacionamos a José con la Iglesia universal de Cristo, ¿no es este el hombre privilegiado y providencial, por medio del cual la entrada de Cristo en el mundo se desarrolló de una manera ordenada y sin escándalos? Si es verdad que la Iglesia entera es deudora a la Virgen Madre por cuyo medio recibió a Cristo, después de María es San José a quien debe un agradecimiento y una veneración singular.


José viene a ser el broche del Antiguo Testamento, broche en el que fructifica la promesa hecha a los Patriarcas y los Profetas. Sólo él poseyó de una manera corporal lo que para ellos había sido mera promesa.


No cabe duda de que Cristo no sólo no se ha desdicho de la familiaridad y respeto que tuvo con él durante su vida mortal como si fuera su padre, sino que la habrá completado y perfeccionado en el cielo.


Por eso, también con razón, se dice más adelante: «Entra en el gozo de tu Señor». Aun cuando el gozo eterno de la bienaventuranza entra en el corazón del hombre, el Señor prefirió decir: «Entra en el gozo», a fin de insinuar místicamente que dicho gozo no es puramente interior, sino que circunda y absorbe por doquier al bienaventurado, como sumergiéndole en el abismo infinito de Dios.

Acuérdate de nosotros, bienaventurado José, e intercede con tu oración ante aquel que pasaba por hijo tuyo; intercede también por nosotros ante la Virgen, tu Esposa, madre de aquel que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.





BENEDICTO XVI


ÁNGELUS

Domingo 19 de marzo de 2006




Queridos hermanos y hermanas: 

Hoy, 19 de marzo, se celebra la solemnidad de san José, pero, al coincidir con el tercer domingo de Cuaresma, su celebración litúrgica se traslada a mañana. Sin embargo, el contexto mariano del Ángelus invita a meditar hoy con veneración en la figura del esposo de la santísima Virgen María y patrono de la Iglesia universal. Me complace recordar que también era muy devoto de san José el amado Juan Pablo II, quien le dedicó la exhortación apostólica Redemptoris custos, custodio del Redentor, y seguramente experimentó su asistencia en la hora de la muerte.

La figura de este gran santo, aun permaneciendo más bien oculta, reviste una importancia fundamental en la historia de la salvación. Ante todo, al pertenecer a la tribu de Judá, unió a Jesús a la descendencia davídica, de modo que, cumpliendo las promesas sobre el Mesías, el Hijo de la Virgen María puede llamarse verdaderamente "hijo de David". El evangelio de san Mateo, en especial, pone de relieve las profecías mesiánicas que se cumplen mediante la misión de san José:  el nacimiento de Jesús en Belén (Mt 2, 1-6); su paso por Egipto, donde la Sagrada Familia se había refugiado (Mt 2, 13-15); el sobrenombre de "Nazareno" (Mt 2, 22-23).

En todo esto se mostró, al igual que su esposa María, como un auténtico heredero de la fe de Abraham:  fe en Dios que guía los acontecimientos de la historia según su misterioso designio salvífico. Su grandeza, como la de María, resalta aún más porque cumplió su misión de forma humilde y oculta en la casa de Nazaret. Por lo demás, Dios mismo, en la Persona de su Hijo encarnado, eligió este camino y este estilo —la humildad y el ocultamiento— en su existencia terrena.

El ejemplo de san José es una fuerte invitación para todos nosotros a realizar con fidelidad, sencillez y modestia la tarea que la Providencia nos ha asignado. Pienso, ante todo, en los padres y en las madres de familia, y ruego para que aprecien siempre la belleza de una vida sencilla y laboriosa, cultivando con solicitud la relación conyugal y cumpliendo con entusiasmo la grande y difícil misión educativa.

Que san José obtenga a los sacerdotes, que ejercen la paternidad con respecto a las comunidades eclesiales, amar a la Iglesia con afecto y entrega plena, y sostenga a las personas consagradas en su observancia gozosa y fiel de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Que proteja a los trabajadores de todo el mundo, para que contribuyan con sus diferentes profesiones al progreso de toda la humanidad, y ayude a todos los cristianos a hacer con confianza y amor la voluntad de Dios, colaborando así al cumplimiento de la obra de salvación.


Para saber más:




12 cosas sobre San José que todo católico debería saber 


Hay un detalle, que un gran número de personas, están muy equivocadas, cuando dicen, que el Niño Jesús, tuvo su aprendizaje, como otros niños, que iban a la escuela. Pero haciendo una atenta meditación al Nuevo Testamento, ningún rabino conocía de donde procedía toda esa sabiduría, en todas las materias. Porque Jesus es la Sabiduría encarnada. 


Cuando aquella vez, cuando creyeron perdido al Niño Jesús, se le encontró en el templo, enseñando a los doctores de la ley, y respondiendo sus preguntas, se admiraban ellos, de tanto conocimiento que aquellos rabinos, quedaban sorprendidos. El Niño Jesús infinitamente más sabio que cualquier persona en este mundo. Pues de trata de Dios en la Segunda Persona.






En este comentario teológico del padre José Luis de Urrutia, S.J. nos lo explica:
El evangelista acaba el episodio con esta sola indicación que encierra toda una vida: Jesús vivió oculto treinta años bajo sus padres. Sin realizar su personalidad, Él, que, como nadie, podía haberse dedicado con gran entusiasmo y éxito a las ciencias, a las artes, a las conquistas y a la política. Pero ni siquiera se independizó a lo dieciocho ni a los veintiún años. Su doctrina nos la explicó en tres años. A padecer y morir nos enseñó en unas horas. Para persuadirnos del valor de la humildad, de la obediencia y del trabajo escondido, empleó su vida de treinta años. Quiera Dios que aprendamos tan larga lección.
El Evangelio de San Lucas dos veces nos dice que Jesús crecía. Es claro que crecía en edad y se desarrollaba físicamente. Por el contrario, en gracia no podía crecer; pues la gracia santificante es la unión con Dios, y la unión del alma de Cristo con Dios no puede ser mayor que la que es: estar unida hipostáticamente a la Santísima Trinidad, es decir, en unión personal, asumida por el Verbo como naturaleza propia; es ya hijo natural de Dios. A diferencia de nosotros, que seremos incorporados a la vida divina como hijos adoptivos, y en nuestra participación de Dios cabe más y menos; por eso hay santos, o ángeles, mayores que otros, con más gracia, más participación de Dios. Pero en el orden de la gracia más participación trinitaria que la que tiene Cristo, no es posible. Es por esto doctrina de Santo Tomás de Aquino, el mejor teólogo, y doctrina común católica, que Cristo no podía crecer en gracia para sí mismo. Estaba, oímos a San Juan en su prólogo: «pleno de gracia»; con gracia santificante infinita desde su concepción.
Sin embargo, Jesús, único y universal Redentor y Mediador entre Dios y los hombres, nos adquirió, desde su encarnación hasta su muerte, un océano inmenso de gracias para nuestra salvación y santificación: toda la gracia santificante o participación de Dios, todas las gracias actuales, o ayudas para practicar las virtudes. Y este cúmulo de gracias, para nos otros, pero propias de Él, ganadas con sus méritos, compradas con su sangre, como dice la Escritura, esas gracias, naturalmente que fueron aumentando.
Otra cuestión más obscura es saber cómo crecía en ciencia o conocimientos la inteligencia humana de Jesús. De entrada debemos ya descartar en Cristo errores contra la ciencia o la moral. También oímos a San Juan en su prólogo, que «estaba pleno de verdad». Una cosa es que algo no supiera, y otra cosa que creyera ser verdad lo que no lo es, o ser bueno lo que es malo. Por ser Cristo Dios, según lo explicado, se atribuye a Dios, al Verbo, todo lo que hace su naturaleza humana, o sea, lo que hace Cristo lo hace Dios, y como Dios no puede errar, no podía permitir que la inteligencia humana de Cristo formase juicios erróneos, por ejemplo que creyese que el fin del mundo estaba próximo; otra cosa es que sobre algo no formase juicios, es decir, no lo supiera.
¿Qué es lo que sabía Jesús? Hay que distinguir tres clases de conocimientos: ciencia experimental, ciencia infusa y ciencia beatífica. Ciencia experimental es la normal que vamos adquiriendo al ejercitar nuestras facultades sensoriales e intelectuales. En ella también Jesús crecía y se formaba, su manera de hablar, de ser, era judía.
Ciencia infusa es la que Dios infunde directamente en el entendimiento, por ejemplo el conocimiento del futuro, el don de lenguas, etc. No cabe duda que el alma de Jesús la tuvo, por ejemplo nos consta profetizó. ¿Hasta dónde se extendía la ciencia infusa de Jesús? Sólo podremos inducir que al menos la tendría respecto a cuanto le fuese necesario paro llevar a cabo perfectamente su misión mesiánica. La ciencia infusa claro que puede aumentar. Sin embargo, Santo Tomás (de Aquino) opina que en Cristo no aumentó, sino que desde el principio la tuvo completa, pues no ve razón para que Dios se la fuese dando por partes, Hay, sin embargo, conocimientos extraordinarios que eso pueden tener por extraordinarias facultades personales, sin recurrir a la ciencia infusa, por ejemplo por telepatía, quizá también el conocimiento de los pensamientos ocultos.
Ciencia beatífica es el conocimiento o visión directa de Dios, por la cual los bienaventurados lo son; corresponde en el cielo a la gracia santificante, por eso seré mayor o menor según la santidad. Es doctrina católica (D. 3645) que el alma de Jesús tenía ya en la tierra la visión beatífica; y al ser su gracia infinita, también ha de serlo aquélla.
Si Cristo por ser Dios no podía errar, menos podría pecar. Sin embargo fue obediente hasta aceptar la muerte (Fil. 2.8: Rom. 5,29; Heb. 5, 8 ) , lo cual indica que tuvo un mandato, y que fue libre al obedecer, pues de lo contrario no hubiera tenido mérito (y cfr. Hab. 12,2; Mt. 4.3 ss. ). Ahora bien, si fue libre, ¿no podía desobedecer y pecar? En abstracto, como alma humana, si; pero en concreto no; porque, según algunos, Dios no lo hubiera permitido, no quitándole la libertad, sino no poniéndole en tales circunstancias en las cuales previera pecaría; según otros: conociendo de tal forma el bien, como es teniendo la visión beatifica ¿cómo iba a escoger perderla pecando, por mucho que le costase? Era de hecho imposible. (Ni conocemos el misterio de la unión hipostática, para saber cómo la Persona divina —Dios— influyo en su naturaleza humana.)
(José Luis de Urrutia, S. J. «Todo el Evangelio ordenado y comentado» 2ª. edición. páginas 45-46. Colección temas cristianos, número 6. Secretariado, Reina del Cielo, Madrid. 1979)





·        La naturaleza de Jesús instruida por su divinidad. ¿Cómo puede recibir inteligencia quien es precisamente la Sabiduría? Más, aunque «Jesús crecía en edad y gracia a los ojos de Dios y de los hombres (Lc 2,52), esto no significa que el Hijo era instruido por el Padre, sino más bien que su naturaleza humana era instruida por su divinidad, de ahí que el vaticinio del Profeta a propósito de Aquel de la raíz de Jesé dijese «sobre Él reposará el Espíritu del Señor, Espíritu de sabiduría e inteligencia» (Is 11,2) (San Jerónimo, tratado sobre los Salmos,15,23). [La Biblia comentada por los Santos Padres de la Iglesia. Evangelio según San Lucas, Tomo III, Ed. Ciudad Nueva)




«He notado que todas las personas que tienen devoción verdadera a San José y le rinden un honor especial, están muy avanzadas en la virtud, porque él tiene gran cuidado de las almas que se encomiendan a San José.



martes, 25 de diciembre de 2018

La Navidad de Greccio celebrada por San Francisco de Asís





El tiempo de la Santa Navidad es para aumentar nuestro tiempo en torno al Señor, alabándole con nuestro corazón, que debe ser puro, obediente, humilde, manso. Ser como niño, pero no como cuestión de la edad, sino como aquel niño que se acercó a Jesús, la infancia espiritual. No era una infancia según el mundo. El Niño Jesús nos da ejemplo de obediencia, toda su vida desde que vino al mundo siempre ha sido el deseo de cumplir la Voluntad de Dios Padre. De hecho, la infancia espiritual que antes comenté, lo vemos en el Niño Jesús..

Yo creo que el deseo de decir a otros, "Feliz Navidad", me parece que sobra: "y prospero año nuevo" pues de lo espiritual a lo mundano, no me llega a convencer. Si deseamos prosperidad, debe ser conforme a la fe, crecer en el Espíritu de Dios, amar en la medida que Cristo nos ama. Por tanto, sobra también aquello de "un poquito de misericordia, un poquito de caridad, de amor", no nos basta con un poquito, sino que a partir de un poquito la medida de nuestro amor a Dios debe aumentar. 

Bien. 

Aunque una costumbre que hay sobre el buey y la mula, que colocaron junto al Niño Jesús, no se contempla en el Nuevo Testamento, como lo explicó 


Peter Stuhlmacher hace referencia a que, probablemente, ha ejercido su influjo aquí también la versión griega de Hab 3,2: «En medio de dos seres vivientes se te conocerá. […]. Cuando haya llegado el tiempo, te manifestarás» [Stuhlmacher, Die Geburt des Immanuel, 52.]. Al parecer, con los dos seres vivientes se están designando los dos querubines que, según Éx 25,18-20, señalan y ocultan, sobre la tapa del arca de la alianza, la misteriosa presencia de Dios. Así, el pesebre se convertiría de alguna manera en arca de la alianza en la cual Dios está misteriosamente  cobijado entre los hombres y frente a la cual ha llegado para «el buey y el asno», para la humanidad formada por judíos y paganos, la hora del conocimiento de Dios.

En la curiosa asociación de Is 1,3, Hab 3,2, Éx 25,18-20 y el pesebre aparecen ahora los dos animales como representación de la humanidad carente de entendimiento que, frente al niño, frente a la humilde aparición de Dios en el establo, alcanza el conocimiento y, en la pobreza de ese nacimiento, recibe la epifanía que ahora enseña a todos a ver. La iconografía cristiana recogió ya tempranamente este motivo. Ninguna representación del pesebre renunciará al buey y al asno. (Joseph Ratzinger - Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, edición completa. El nacimiento de Jesús, págs. 91-92. Ed. Encuentro. 2018)


Notemos que los animales carecen de entendimiento, no son espirituales, pero el cristiano tiene que serlo, ese entendimiento que el Señor nos ofrece por medo de la verdadera fe, sin contaminación...

Son muchos los cristianos que se ponen alrededor de Jesús, pero solo unos poco, crecen en la inteligencia espiritual. Los otros no llegan a decidirse si permanecer con Cristo, o disfrutar todo lo que el mundo le presente, por lo que en su tibieza se seca, no tiene vida espiritual, siempre pensando en divertirse, en pasarlo bien, en el deporte, en los vicios.


* * *

Nuestros hermanos franciscanos han preparado estas meditaciones de cómo San Francisco de Asís, había celebrado por primera vez, el nacimiento del Niño Jesús.




DIRECTORIO FRANCISCANO
ENCICLOPEDIA FRANCISCANA 
LA NAVIDAD DE GRECCIO
CELEBRADA POR SAN FRANCISCO (1223)



Digno de recuerdo y de celebrarlo con piadosa memoria es lo que hizo Francisco tres años antes de su gloriosa muerte, cerca de Greccio, el día de la natividad de nuestro Señor Jesucristo. Vivía en aquella comarca un hombre, de nombre Juan, de buena fama y de mejor tenor de vida, a quien el bienaventurado Francisco amaba con amor singular, pues, siendo de noble familia y muy honorable, despreciaba la nobleza de la sangre y aspiraba a la nobleza del espíritu. Unos quince días antes de la navidad del Señor, el bienaventurado Francisco le llamó, como solía hacerlo con frecuencia, y le dijo: «Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno». En oyendo esto el hombre bueno y fiel, corrió presto y preparó en el lugar señalado cuanto el Santo le había indicado.


Llegó el día, día de alegría, de exultación. Se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche que, con su estrella centelleante, iluminó todos los días y años. Llegó, en fin, el santo de Dios y, viendo que todas las cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró. Se prepara el pesebre, se trae el heno y se colocan el buey y el asno. Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, se valora la humildad, y Greccio se convierte en una nueva Belén. La noche resplandece como el día, noche placentera para los hombres y para los animales. Llega la gente, y, ante el nuevo misterio, saborean nuevos gozos. La selva resuena de voces y las rocas responden a los himnos de júbilo. Cantan los hermanos las alabanzas del Señor y toda la noche transcurre entre cantos de alegría. El santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo. Se celebra el rito solemne de la misa sobre el pesebre y el sacerdote goza de singular consolación.


El santo de Dios viste los ornamentos de diácono, pues lo era, y con voz sonora canta el santo evangelio. Su voz potente y dulce, su voz clara y bien timbrada, invita a todos a los premios supremos. Luego predica al pueblo que asiste, y tanto al hablar del nacimiento del Rey pobre como de la pequeña ciudad de Belén dice palabras que vierten miel. Muchas veces, al querer mencionar a Cristo Jesús, encendido en amor, le dice «el Niño de Bethleem», y, pronunciando «Bethleem» como oveja que bala, su boca se llena de voz; más aún, de tierna afección. Cuando le llamaba «niño de Bethleem» o «Jesús», se pasaba la lengua por los labios como si gustara y saboreara en su paladar la dulzura de estas palabras.


Se multiplicaban allí los dones del Omnipotente; un varón virtuoso tiene una admirable visión. Había un niño que, exánime, estaba recostado en el pesebre; se acerca el santo de Dios y lo despierta como de un sopor de sueño. No carece esta visión de sentido, puesto que el niño Jesús, sepultado en el olvido en muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados. Terminada la solemne vigilia, todos retornaron a su casa colmados de alegría.


Se conserva el heno colocado sobre el pesebre, para que, como el Señor multiplicó su santa misericordia, por su medio se curen jumentos y otros animales. Y así sucedió en efecto: muchos animales de la región circunvecina que sufrían diversas enfermedades, comiendo de este heno, curaron de sus dolencias. Más aún, mujeres con partos largos y dolorosos, colocando encima de ellas un poco de heno, dan a luz felizmente. Y lo mismo acaece con personas de ambos sexos: con tal medio obtienen la curación de diversos males.


El lugar del pesebre fue luego consagrado en templo del Señor: en honor del beatísimo padre Francisco se construyó sobre el pesebre un altar y se dedicó una iglesia, para que, donde en otro tiempo los animales pacieron el pienso de paja, allí coman los hombres de continuo, para salud de su alma y de su cuerpo, la carne del Cordero inmaculado e incontaminado, Jesucristo, Señor nuestro, quien se nos dio a sí mismo con sumo e inefable amor y que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo y es Dios eternamente glorioso por todos los siglos de los siglos. Amén. Aleluya. Aleluya. 

Relato de San Buenaventura (LM 10,7)
Tres años antes de su muerte se dispuso Francisco a celebrar en el castro de Greccio, con la mayor solemnidad posible, la memoria del nacimiento del niño Jesús, a fin de excitar la devoción de los fieles.

Mas para que dicha celebración no pudiera ser tachada de extraña novedad, pidió antes licencia al sumo pontífice; y, habiéndola obtenido, hizo preparar un pesebre con el heno correspondiente y mandó traer al lugar un buey y un asno.

Son convocados los hermanos, llega la gente, el bosque resuena de voces, y aquella noche bendita, esmaltada profusamente de claras luces y con sonoros conciertos de voces de alabanza, se convierte en esplendorosa y solemne.

El varón de Dios estaba lleno de piedad ante el pesebre, con los ojos arrasados en lágrimas y el corazón inundado de gozo. Se celebra sobre el mismo pesebre la misa solemne, en la que Francisco, levita de Cristo, canta el santo evangelio. Predica después al pueblo allí presente sobre el nacimiento del Rey pobre, y cuando quiere nombrarlo -transido de ternura y amor-, lo llama «Niño de Bethlehem».

Todo esto lo presenció un caballero virtuoso y amante de la verdad: el señor Juan de Greccio, quien por su amor a Cristo había abandonado la milicia terrena y profesaba al varón de Dios una entrañable amistad. Aseguró este caballero haber visto dormido en el pesebre a un niño extraordinariamente hermoso, al que, estrechando entre sus brazos el bienaventurado padre Francisco, parecía querer despertarlo del sueño. 

Dicha visión del devoto caballero es digna de crédito no sólo por la santidad del testigo, sino también porque ha sido comprobada y confirmada su veracidad por los milagros que siguieron. Porque el ejemplo de Francisco, contemplado por las gentes del mundo, es como un despertador de los corazones dormidos en la fe de Cristo, y el heno del pesebre, guardado por el pueblo, se convirtió en milagrosa medicina para los animales enfermos y en revulsivo eficaz para alejar otras clases de pestes. Así, el Señor glorificaba en todo a su siervo y con evidentes y admirables prodigios demostraba la eficacia de su santa oración.


Relato del P. Cuthbert
El viajero que desde el valle de Espoleto entra por el sur al valle de Rieti, se da en seguida cuenta de que aquél es un país diferente, a pesar de que en los mapas el distrito de Rieti, rodeado de altas montañas, está señalado como formando parte de Umbría. Hay un no sé qué de altanero, tanto en el aspecto del paisaje como en el carácter de sus habitantes; pero es una altivez que no tiene el menor resabio de hostilidad. Por el contrario, allí se encuentra una hospitalidad generosa, un deseo de que el visitante tenga la sensación de hallarse en su casa. Rieti tiene aires de gran señor, aun cuando hace entrega de lo mejor de sí mismo, distintivo que ostentan frecuentemente los pueblos inconquistados de las montañas. [...]

No maravilla que Francisco buscase refugio en el valle de Rieti, para apartarse de los cuidados y agitación de su apostolado activo, ni que en los años de su gran tribulación fuese allí a fortalecerse para el sufrimiento y la batalla. Y no podemos imaginar lugar más adecuado que aquel retiro montañés, para situar en él aquellos últimos años en que Francisco, lleno el espíritu de la expectación de la muerte, no podía ya ver turbada por los clamores del mundo la paz reconquistada.

Al abandonar Roma después de la solemne aprobación de la Regla por Honorio III en noviembre de 1223, tenía la certeza de haber realizado el acto culminante de su ministerio. Sabía que de diferentes maneras había desaparecido la simplicidad de los primeros años; pero en la medida de sus fuerzas había asegurado a todos los que amaban la vocación de la pobreza, la libertad de observarla con la autorización suprema de la Iglesia. Y sentía ahora que, descontando el dar buen ejemplo, su labor había terminado; con mayor independencia podía entregarse a la vida oculta con Cristo su Señor. En adelante, el mundo y los hombres apenas turbarán su alma, sumida cada vez más íntimamente en el abrazo del Amado; y las voces de la tierra llegarán a su interior tan sólo a través de aquella vida mística que es fronteriza con la eternidad.

Acercábase Navidad. Faltaban dos semanas para tan dulce fiesta y Francisco se hallaba otra vez en el valle de Rieti, probablemente en su celda de rocas de Monte Rainerio (Fontecolombo); y había invitado a un amigo a acompañarle, Giovanni de Vellita. Giovanni vivía en Greccio, a algunas millas hacia el norte siguiendo el camino que conduce al lago. Algunos años antes había conocido a Francisco en una de sus misiones, cayendo entonces bajo el hechizo de su espíritu y pasando a ser uno de sus discípulos aislados. Era hombre de posición desahogada y tenía algunas tierras en su país natal. Queriendo inducir a Francisco a residir algunas temporadas en aquel vecindario y conociendo su afición a los retiros solitarios, había dispuesto para su uso algunas cuevas en el peñascal que mira a la villa de Greccio, construyendo allí, en torno de las cuevas, un tosco eremitorio a gusto de Francisco, donde pudiesen vivir algunos frailes. La villa de Greccio se asienta sobre una elevada arista de roca, al borde de una anchurosa oquedad. Puede contemplar en el fondo acomodadas masadas y viñedos resguardados del viento norteño por la desnuda montaña escalonada. A la extremidad de la hondonada, opuesta a la población, la roca viva se alza cortada a pico a algunos centenares de pies. En la cúspide de esa roca está el eremitorio que Giovanni dio a los frailes; pero, en sus alrededores hay terreno llano suficiente para que el bosque brinde sus sombras hospitalarias.
Francisco conocía bien aquel paraje y sentía vivos deseos de celebrar allí la fiesta de Navidad. En la paz recobrada por su alma, el mundo se transfiguraba con signos sacramentales; al meditar durante el adviento el misterio de Belén, sentía un deseo vehementísimo, cual no lo sintiera anteriormente, de tener la visión de Cristo sobre la tierra. La dulzura de la condescendencia divina había penetrado en su alma con vital insistencia; en espíritu contemplaba la pobreza del nacimiento de su Señor, por el amor iluminada, y quería más todavía, a saber, la visión material de lo que espiritualmente adivinara. Quería ver este misterio de amor en su forma terrena y realizar con su representación el desposorio del cielo y de la tierra; y hacer de esta suerte que Dios habitara de nuevo entre las cosas temporales.

Así, pues, en llegando Giovanni díjole Francisco: «Quisiera conmemorar aquel Niño que nació en Belén y ver de algún modo con mis ojos corporales los trabajos de su infancia; ver cómo yacía sobre la paja en un establo, con el buey y el asno a su lado. Si tú quieres, celebraremos esta fiesta en Greccio, adonde irás antes a preparar lo que te diga». Giovanni fue, pues, a Greccio, y en el bosque, cerca de las ermitas, dispuso un establo con un pesebre y al lado del pesebre un altar. Y Francisco envió a decir a todos los frailes del valle de Rieti que se reuniesen con él en Greccio para celebrar la Navidad.

Llegó la vigilia de Navidad, y como se acercase la hora de la misa de medianoche, los vecinos de ambos sexos de la población y del campo acudieron al eremitorio llevando hachas encendidas que proyectaban un juego de sombras en la ladera de la colina a medida que avanzaban con paso firme; al reunirse en grupo compacto entorno al establo, todo aquel lado de la oquedad parecía en llamas. Francisco ofició de diácono, impregnándose sus funciones sagradas con el embeleso y la solicitud de la madre que cuida a su hijo. Cuando, después del Evangelio, se adelantó a predicar, sintió la muchedumbre como que un misterio oculto iba a ser realmente revelado a sus ojos; el predicador le comunicaba su propia visión de Belén y la hacía estremecer con sus emociones personales. Parecía haber perdido la noción del concurso de gente que le rodeaba y no ver más que al Divino Niño, a su cuidado maternal, acariciado por la pobreza y adorado por la sencillez. Tiernamente le saludaba, llamándole «Niño de Belén» y «Jesús», y al pronunciar estos nombres parecía paladearlos con extraordinaria dulzura; y la palabra «Beth-le-em» la exhalaba con una entonación cual si fuese el balido de adoración de las ovejuelas de las colinas de Judea. De vez en cuando inclinábase sobre el pesebre y lo acariciaba. Giovanni aseguró después que vio un niño tendido en la comedera como si estuviese muerto, el cual despertó al contacto de Francisco. Todos los circunstantes creyeron que aquella noche Greccio se había convertido en otro Belén.

Durante el resto del invierno y ya muy entrada la primavera, parece que Francisco siguió habitando el eremitorio en la peña, pero no enteramente incomunicado con los hombres. Porque el mismo amor que le aproximaba a Cristo el Amado en la soledad, le impelía a anunciar al prójimo el evangelio del amor redentor de Cristo. [...]

Poco después de la muerte de Francisco, erigióse una capilla en el lugar del establo. La capilla existe todavía; próxima a ella hay otra más espaciosa construida algo más tarde. Recientemente se ha edificado una nueva iglesia, más moderna.
[P. Cuthbert, Vida de San Francisco de Asís, Barcelona 19563, 287-291]



Relato de Leonhard Lehmann
Volvamos ahora a Greccio, el lugar vinculado por antonomasia con la Navidad franciscana. Para ello, resumiremos los amplios y detallados relatos de los biógrafos, destacando algunas líneas básicas que completan el cuadro trazado por el Salmo Navideño. Greccio nos muestra sobre todo el aspecto experiencial. ¿Cómo celebró Francisco la fiesta del nacimiento del Salvador?

En la Vida primera, escrita por Tomás de Celano en 1228, el primer biógrafo de san Francisco describe con todo entusiasmo cómo celebró nuestro Padre la Navidad del año 1223 en el pueblecito de Greccio (1 Cel 84-86). San Buenaventura se basará en este relato para narrarnos, aunque de forma más breve, el mismo acontecimiento en su Leyenda Mayor, escrita en 1262 (LM 10, 7). Ambos relatos nos informan sobre la famosa celebración navideña: el Pobrecillo quiso reproducir, con la máxima fidelidad posible, un segundo Belén, con el buey y el asno, sirviéndose de una hendidura natural en la roca como cuna para el Niño Jesús, en plena naturaleza y en el corazón de la noche. Pero no sólo quiso reproducir visiblemente el acontecimiento de Belén; Francisco quería también que los asistentes participaran de lo que allí se celebraba y que la celebración les impulsara a una fe más profunda y a una devoción más ardiente. Así pues, invitó a todos los hermanos de los eremitorios cercanos, al igual que a la gente de Greccio y de sus alrededores. Acudió con todos ellos, en solemne procesión, llevando velas y antorchas, al lugar previamente preparado y, una vez allí, empezó la sagrada representación del misterio del nacimiento del Hijo de Dios. Debe subrayarse que una parte de esta celebración nocturna y a cielo abierto consistió precisamente en la celebración de la misa. Francisco participó en ella en su calidad de diácono. Cantó con voz emocionada el evangelio del nacimiento de Cristo, y luego predicó. Pero su predicación no fue una exposición doctrinal, sino más bien una representación mímica. Predicó con el corazón y con las manos, con el rostro y con los gestos, con palabras y con todo su ser. Su cuerpo entero expresaba la plenitud de sus experiencias íntimas. Como dice Celano, cuando pronunciaba las palabras «Je-sús» o «Beth-le-em» parecía un niño tartamudo o una oveja que bala.

Tras tan singular e inimitable predicación, que reproducía con gestos más que con palabras el misterio del nacimiento del Hijo de Dios, el hermano sacerdote se acercó junto con Francisco al altar preparado sobre la roca y prosiguió la eucaristía. El misterio de la encarnación de Dios desemboca en el misterio de la redención y en el de la nueva presencia de Cristo glorioso en la eucaristía.

Si Francisco proclamó y visualizó mímicamente el nacimiento de Cristo con tanta emoción y expresividad, podemos imaginarnos el fervor con que saludaría después al Redentor que se hacía presente sobre el altar, cómo lo adoraría y con cuánta fe lo recibiría.

La celebración navideña de Greccio fue mucho más que la representación de un misterio. Por su vinculación con la misa, fue una celebración litúrgica cuasi-dramática, cuyo punto esencial consistió, no en la representación de una historia, sino en la actualización y vivencia de un misterio de fe. De hecho, según afirma Celano, la fe, apagada en los corazones de muchos, se despertó a una nueva vida (1 Cel 86b).

La liturgia navideña de Greccio no queda anclada en el acontecimiento de Belén, sino que sigue a Jesús hasta el Gólgota y lo reconoce como el Redentor y el Glorificado que desciende nuevamente hoy hasta nosotros y se nos da en la comunión. Así pues, Belén, la cruz y el altar quedan ensamblados en una misma celebración de fe. No es, por tanto, difícil descubrir en todo ello una vinculación con el Salmo Navideño, cuyo rasgo distintivo, como antes vimos, radica en la visión unificada de la cuna y la cruz. En la celebración de Greccio el arco se amplía todavía más, llegando hasta la eucaristía, donde Dios continúa entregándosenos cada día.
La Navidad de Greccio fue una fiesta única, y esto en un doble sentido: en primer lugar, porque ni Francisco ni sus hijos espirituales la repitieron; y, además, porque es incomparable e irrepetible.
Por otra parte, no debemos olvidar que, a pesar de toda su singularidad, la expresiva y eficaz representación del misterio de la Navidad en Greccio, si exceptuamos la celebración de la eucaristía, se inscribe dentro de la tradición medieval de las representaciones de los misterios del tiempo navideño. Tiene algunos puntos de contacto sobre todo con los dramas bucólicos.

En fin, sería erróneo considerar a Francisco como el introductor de las escenificaciones del belén, como tantas veces alegan escritos edificantes e incluso científicos. Con anterioridad a Francisco ya hubo algunas escenificaciones sencillas del belén, aunque no muy numerosas; por ejemplo, en Santa María la Mayor, de Roma. Y nuestros conocidos y populares belenes, con sus gráficas figuras que van acercándose paulatinamente al portal, aparecieron bastante más tarde, a partir del siglo XVI, como una derivación de esas escenificaciones sacras. Su difusión se debe más a los jesuitas que a los franciscanos.

Así pues, con la escenificación de la Nochebuena, Francisco se halla, por una parte, dentro de la corriente de su tiempo; pero, por otra, la vinculación de esta representación con la eucaristía es un elemento nuevo y presenta rasgos singulares e inimitables que hay que agradecer a las dotes de simplicidad e improvisación de Francisco. Toda su celebración litúrgica cuasidramática está impregnada de la experiencia y transmisión de la fe de Francisco, tan personal, global y sensible. Aquí y en la universal popularidad del Santo radica el que la voz popular quiera presentarlo como el introductor y difusor del belén. Pero el Pobrecillo de Asís no tiene necesidad de esta falsa gloria. 

En todo el magnífico resplandor de Greccio, en toda la admiración de aquella maravillosa celebración escenificada por Francisco, debemos tener muy presente su Salmo Navideño, serio, sereno, que nos invita a la imitación y el seguimiento: Francisco y sus hermanos lo recitaban varias veces al día durante todo el tiempo de Navidad, y aquel salmo-meditación iba acompasando su jornada y produciendo en su vida cotidiana lo que en Greccio floreció en fiesta inolvidable. He aquí el texto del Salmo Navideño de san Francisco (OfP 15):

Gritad de gozo a Dios, nuestra ayuda; * aclamad al Señor Dios vivo y verdadero con gritos de júbilo.
Porque el Señor es excelso, * terrible, Rey grande sobre toda la tierra.
Porque el santísimo Padre del cielo, Rey nuestro antes de los siglos, envió a su amado Hijo de lo alto, * y nació de la bienaventurada Virgen santa María.
Él me invocó: Tú eres mi Padre; * y yo lo constituiré mi primogénito, excelso sobre los reyes de la tierra.

En aquel día envió el Señor su misericordia, * y de noche su cántico.
Éste es el día que hizo el Señor, * exultemos y alegrémonos en él.
Porque un santísimo niño amado se nos ha dado, y nació por nosotros de camino y fue puesto en un pesebre, * porque no tenía lugar en la posada.
Gloria al Señor Dios en las alturas, * y en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad.
Alégrense los cielos y exulte la tierra, conmuévase el mar y cuanto lo llena; * se alegrarán los campos y todo lo que hay en ellos.
Cantadle un cántico nuevo, * cantad al Señor, toda la tierra.
Porque grande es el Señor y muy digno de alabanza, * más temible que todos los dioses.
Familias de los pueblos, ofreced al Señor, ofreced al Señor gloria y honor, * ofreced al Señor gloria para su nombre.
Ofreced vuestros cuerpos y llevad a cuestas su santa cruz, * y seguid hasta el fin sus santísimos preceptos.
[L. Lehmann, El "Salmo Navideño" de san Francisco (OfP 15), en Selecciones de Franciscanismo, vol. XX, núm. 59 (1991) 261-263]

Benedicto XVI
Audiencia General del Miércoles 23 de diciembre de 2009
Queridos hermanos y hermanas: 

Con la Novena de Navidad que estamos celebrando en estos días, la Iglesia nos invita a vivir de modo intenso y profundo la preparación al Nacimiento del Salvador, ya inminente. El deseo, que todos llevamos en el corazón, es que la próxima fiesta de la Navidad nos dé, en medio de la actividad frenética de nuestros días, una serena y profunda alegría para que nos haga tocar con la mano la bondad de nuestro Dios y nos infunda nuevo valor. 

Para comprender mejor el significado de la Navidad del Señor quisiera hacer una breve referencia al origen histórico de esta solemnidad. De hecho, el Año litúrgico de la Iglesia no se desarrolló inicialmente partiendo del nacimiento de Cristo, sino de la fe en su resurrección. Por eso la fiesta más antigua de la cristiandad no es la Navidad, sino la Pascua; la resurrección de Cristo funda la fe cristiana, está en la base del anuncio del Evangelio y hace nacer a la Iglesia. Por lo tanto, ser cristianos significa vivir de modo pascual, implicándonos en el dinamismo originado por el Bautismo, que lleva a morir al pecado para vivir con Dios (cf. Rm 6,4). 

El primero que afirmó con claridad que Jesús nació el 25 de diciembre fue Hipólito de Roma, en su comentario al libro del profeta Daniel, escrito alrededor del año 204. Algún exegeta observa, además, que ese día se celebraba la fiesta de la Dedicación del Templo de Jerusalén, instituida por Judas Macabeo en el 164 antes de Cristo. La coincidencia de fechas significaría entonces que con Jesús, aparecido como luz de Dios en la noche, se realiza verdaderamente la consagración del templo, el Adviento de Dios a esta tierra. 

En la cristiandad la fiesta de Navidad asumió una forma definida en el siglo IV, cuando tomó el lugar de la fiesta romana del «Sol invictus», el sol invencible; así se puso de relieve que el nacimiento de Cristo es la victoria de la verdadera luz sobre las tinieblas del mal y del pecado. Con todo, el particular e intenso clima espiritual que rodea la Navidad se desarrolló en la Edad Media, gracias a san Francisco de Asís, que estaba profundamente enamorado del hombre Jesús, del Dios-con-nosotros. Su primer biógrafo, Tomás de Celano, en la Vita seconda narra que san Francisco «con preferencia a las demás solemnidades, celebraba con inefable alegría la del Nacimiento del Niño Jesús; la llamaba fiesta de las fiestas, en la que Dios, hecho niño pequeño, se crió a los pechos de madre humana» (2 Cel 199). De esta particular devoción al misterio de la Encarnación se originó la famosa celebración de la Navidad en Greccio. Probablemente, para ella san Francisco se inspiró durante su peregrinación a Tierra Santa y en el pesebre de Santa María la Mayor en Roma. Lo que animaba al Poverello de Asís era el deseo de experimentar de forma concreta, viva y actual la humilde grandeza del acontecimiento del nacimiento del Niño Jesús y de comunicar su alegría a todos. 

En la primera biografía, Tomás de Celano habla de la noche del belén de Greccio de una forma viva y conmovedora, dando una contribución decisiva a la difusión de la tradición navideña más hermosa, la del belén. La noche de Greccio devolvió a la cristiandad la intensidad y la belleza de la fiesta de la Navidad y educó al pueblo de Dios a captar su mensaje más auténtico, su calor particular, y a amar y adorar la humanidad de Cristo. Este particular enfoque de la Navidad ofreció a la fe cristiana una nueva dimensión. La Pascua había concentrado la atención sobre el poder de Dios que vence a la muerte, inaugura una nueva vida y enseña a esperar en el mundo futuro. Con san Francisco y su belén se ponían de relieve el amor inerme de Dios, su humildad y su benignidad, que en la Encarnación del Verbo se manifiesta a los hombres para enseñar un modo nuevo de vivir y de amar. 

Celano narra que, en aquella noche de Navidad, le fue concedida a san Francisco la gracia de una visión maravillosa. Vio que en el pesebre yacía inmóvil un niño pequeño, que se despertó del sueño precisamente por la cercanía de san Francisco. Y añade: «No carece esta visión de sentido, puesto que el Niño Jesús, sepultado en el olvido en muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados» (1 Cel 86). Este cuadro describe con gran precisión todo lo que la fe viva y el amor de san Francisco a la humanidad de Cristo han transmitido a la fiesta cristiana de la Navidad: el descubrimiento de que Dios se revela en los tiernos miembros del Niño Jesús. Gracias a san Francisco, el pueblo cristiano ha podido percibir que en Navidad Dios ha llegado a ser verdaderamente el «Emmanuel», el Dios-con-nosotros, del que no nos separa ninguna barrera ni lejanía. En ese Niño, Dios se ha hecho tan próximo a cada uno de nosotros, tan cercano, que podemos tratarle de tú y mantener con él una relación confiada de profundo afecto, como lo hacemos con un recién nacido. 

En ese Niño se manifiesta el Dios-Amor: Dios viene sin armas, sin la fuerza, porque no pretende conquistar, por decir así, desde fuera, sino que quiere más bien ser acogido libremente por el hombre; Dios se hace Niño inerme para vencer la soberbia, la violencia, el afán de poseer del hombre. En Jesús, Dios asumió esta condición pobre y conmovedora para vencer con el amor y llevarnos a nuestra verdadera identidad. No debemos olvidar que el título más grande de Jesucristo es precisamente el de «Hijo», Hijo de Dios; la dignidad divina se indica con un término que prolonga la referencia a la humilde condición del pesebre de Belén, aunque corresponda de manera única a su divinidad, que es la divinidad del «Hijo». 

Su condición de Niño nos indica además cómo podemos encontrar a Dios y gozar de su presencia. A la luz de la Navidad podemos comprender las palabras de Jesús: «Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18,3). Quien no ha entendido el misterio de la Navidad, no ha entendido el elemento decisivo de la existencia cristiana. Quien no acoge a Jesús con corazón de niño, no puede entrar en el reino de los cielos; esto es lo que san Francisco quiso recordar a la cristiandad de su tiempo y de todos los tiempos, hasta hoy. Oremos al Padre para que conceda a nuestro corazón la sencillez que reconoce en el Niño al Señor, precisamente como hizo san Francisco en Greccio. Así pues, también a nosotros nos podría suceder lo que Tomás de Celano, refiriéndose a la experiencia de los pastores en la Noche Santa (cf. Lc 2,20), narra a propósito de quienes estuvieron presentes en el acontecimiento de Greccio: «Todos retornaron a su casa colmados de alegría» (1 Cel 86).

Este es el deseo que os expreso con afecto a todos vosotros, a vuestras familias y a vuestros seres queridos. ¡Feliz Navidad a todos!

Benedicto XVI
Homilía de la Misa de Nochebuena (24-XII-2011)
Queridos hermanos y hermanas:
La lectura que acabamos de escuchar, tomada de la Carta de san Pablo Apóstol a Tito (Tit 2,11-14), comienza solemnemente con la palabra apparuit, que también encontramos en la lectura de la Misa de la aurora: apparuit - ha aparecido. Esta es una palabra programática, con la cual la Iglesia quiere expresar de manera sintética la esencia de la Navidad. Antes, los hombres habían hablado y creado imágenes humanas de Dios de muchas maneras. Dios mismo había hablado a los hombres de diferentes modos (cf. Heb 1,1: Lectura de la Misa del día). Pero ahora ha sucedido algo más: Él ha aparecido. Se ha mostrado. Ha salido de la luz inaccesible en la que habita. Él mismo ha venido entre nosotros. Para la Iglesia antigua, esta era la gran alegría de la Navidad: Dios se ha manifestado. Ya no es sólo una idea, algo que se ha de intuir a partir de las palabras. Él «ha aparecido». 

Pero ahora nos preguntamos: ¿Cómo ha aparecido? ¿Quién es él realmente? La lectura de la Misa de la aurora dice a este respecto: «Ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre» (Tit 3,4). Para los hombres de la época precristiana, que ante los horrores y las contradicciones del mundo temían que Dios no fuera bueno del todo, sino que podría ser sin duda también cruel y arbitrario, esto era una verdadera «epifanía», la gran luz que se nos ha aparecido: Dios es pura bondad. Y también hoy, quienes ya no son capaces de reconocer a Dios en la fe se preguntan si el último poder que funda y sostiene el mundo es verdaderamente bueno, o si acaso el mal es tan potente y originario como el bien y lo bello, que en algunos momentos luminosos encontramos en nuestro cosmos. «Ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre»: ésta es una nueva y consoladora certidumbre que se nos da en Navidad.

En las tres misas de Navidad, la liturgia cita un pasaje del libro del profeta Isaías, que describe más concretamente aún la epifanía que se produjo en Navidad: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva al hombro el principado, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre perpetuo, Príncipe de la paz. Para dilatar el principado con una paz sin límites» (Is 9,5s). No sabemos si el profeta pensaba con esta palabra en algún niño nacido en su época. Pero parece imposible. Este es el único texto en el Antiguo Testamento en el que se dice de un niño, de un ser humano, que su nombre será Dios fuerte, Padre para siempre. Nos encontramos ante una visión que va, mucho más allá del momento histórico, hacia algo misterioso que pertenece al futuro. Un niño, en toda su debilidad, es Dios poderoso. Un niño, en toda su indigencia y dependencia, es Padre perpetuo. Y la paz será «sin límites». El profeta se había referido antes a esto hablando de «una luz grande» y, a propósito de la paz venidera, había dicho que la vara del opresor, la bota que pisa con estrépito y la túnica empapada de sangre serían pasto del fuego (cf. Is 9,1.3-4).

Dios se ha manifestado. Lo ha hecho como niño. Precisamente así se contrapone a toda violencia y lleva un mensaje que es paz. En este momento en que el mundo está constantemente amenazado por la violencia en muchos lugares y de diversas maneras; en el que siempre hay de nuevo varas del opresor y túnicas ensangrentadas, clamemos al Señor: Tú, el Dios poderoso, has venido como niño y te has mostrado a nosotros como el que nos ama y mediante el cual el amor vencerá. Y nos has hecho comprender que, junto a ti, debemos ser constructores de paz. Amamos tu ser niño, tu no-violencia, pero sufrimos porque la violencia continúa en el mundo, y por eso también te rogamos: Demuestra tu poder, ¡oh Dios! En este nuestro tiempo, en este mundo nuestro, haz que las varas del opresor, las túnicas llenas de sangre y las botas estrepitosas de los soldados sean arrojadas al fuego, de manera que tu paz venza en este mundo nuestro.

La Navidad es Epifanía: la manifestación de Dios y de su gran luz en un niño que ha nacido para nosotros. Nacido en un establo en Belén, no en los palacios de los reyes. Cuando Francisco de Asís celebró la Navidad en Greccio, en 1223, con un buey y una mula y un pesebre con paja, se hizo visible una nueva dimensión del misterio de la Navidad. Francisco de Asís llamó a la Navidad «la fiesta de las fiestas» -más que todas las demás solemnidades- y la celebró con «inefable fervor» (2 Celano, 199). Besaba con gran devoción las imágenes del Niño Jesús y balbuceaba palabras de dulzura como hacen los niños, nos dice Tomás de Celano (Ibid.). Para la Iglesia antigua, la fiesta de las fiestas era la Pascua: en la resurrección, Cristo había abatido las puertas de la muerte y, de este modo, había cambiado radicalmente el mundo: había creado para el hombre un lugar en Dios mismo. 

Pues bien, Francisco no ha cambiado, no ha querido cambiar esta jerarquía objetiva de las fiestas, la estructura interna de la fe con su centro en el misterio pascual. Sin embargo, por él y por su manera de creer, ha sucedido algo nuevo: Francisco ha descubierto la humanidad de Jesús con una profundidad completamente nueva. Este ser hombre por parte de Dios se le hizo del todo evidente en el momento en que el Hijo de Dios, nacido de la Virgen María, fue envuelto en pañales y acostado en un pesebre. La resurrección presupone la encarnación. El Hijo de Dios como niño, como un verdadero hijo de hombre, es lo que conmovió profundamente el corazón del Santo de Asís, transformando la fe en amor. «Ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre»: esta frase de san Pablo adquiría así una hondura del todo nueva. En el niño en el establo de Belén, se puede, por decirlo así, tocar a Dios y acariciarlo. De este modo, el año litúrgico ha recibido un segundo centro en una fiesta que es, ante todo, una fiesta del corazón.

Todo eso no tiene nada de sensiblería. Precisamente en la nueva experiencia de la realidad de la humanidad de Jesús se revela el gran misterio de la fe. Francisco amaba a Jesús, al niño, porque en este ser niño se le hizo clara la humildad de Dios. Dios se ha hecho pobre. Su Hijo ha nacido en la pobreza del establo. En el niño Jesús, Dios se ha hecho dependiente, necesitado del amor de personas humanas, a las que ahora puede pedir su amor, nuestro amor. La Navidad se ha convertido hoy en una fiesta de los comercios, cuyas luces destellantes esconden el misterio de la humildad de Dios, que nos invita a la humildad y a la sencillez. Roguemos al Señor que nos ayude a atravesar con la mirada las fachadas deslumbrantes de este tiempo hasta encontrar detrás de ellas al niño en el establo de Belén, para descubrir así la verdadera alegría y la verdadera luz. 

Francisco hacía celebrar la santa Eucaristía sobre el pesebre que estaba entre el buey y la mula (cf. 1 Celano). Posteriormente, sobre este pesebre se construyó un altar para que, allí dónde un tiempo los animales comían paja, los hombres pudieran ahora recibir, para la salvación del alma y del cuerpo, la carne del Cordero inmaculado, Jesucristo, como relata Celano (cf. 1 Celano, 87). En la Noche santa de Greccio, Francisco cantaba personalmente en cuanto diácono con voz sonora el Evangelio de Navidad. Gracias a los espléndidos cantos navideños de los frailes, la celebración parecía toda una explosión de alegría (cf. 1 Celano, 85 y 86). Precisamente el encuentro con la humildad de Dios se transformaba en alegría: su bondad crea la verdadera fiesta. 

Quien quiere entrar hoy en la iglesia de la Natividad de Jesús, en Belén, descubre que el portal, que un tiempo tenía cinco metros y medio de altura, y por el que los emperadores y los califas entraban al edificio, ha sido en gran parte tapiado. Ha quedado solamente una pequeña abertura de un metro y medio. La intención fue probablemente proteger mejor la iglesia contra eventuales asaltos pero, sobre todo, evitar que se entrara a caballo en la casa de Dios. Quien desea entrar en el lugar del nacimiento de Jesús, tiene que inclinarse. Me parece que en eso se manifiesta una cercanía más profunda, de la cual queremos dejarnos conmover en esta Noche santa: si queremos encontrar al Dios que ha aparecido como niño, hemos de apearnos del caballo de nuestra razón «ilustrada». Debemos deponer nuestras falsas certezas, nuestra soberbia intelectual, que nos impide percibir la proximidad de Dios.
Hemos de seguir el camino interior de san Francisco: el camino hacia esa extrema sencillez exterior e interior que hace al corazón capaz de ver. Debemos bajarnos, ir espiritualmente a pie, por decirlo así, para poder entrar por el portal de la fe y encontrar a Dios, que es diferente de nuestros prejuicios y nuestras opiniones: el Dios que se oculta en la humildad de un niño recién nacido. Celebremos así la liturgia de esta Noche santa y renunciemos a la obsesión por lo que es material, mensurable y tangible. Dejemos que nos haga sencillos ese Dios que se manifiesta al corazón que se ha hecho sencillo. Y pidamos también en esta hora ante todo por cuantos tienen que vivir la Navidad en la pobreza, en el dolor, en la condición de emigrantes, para que aparezca ante ellos un rayo de la bondad de Dios; para que les llegue a ellos y a nosotros esa bondad que Dios, con el nacimiento de su Hijo en el establo, ha querido traer al mundo. Amén.





Ver también: Hoy nace el Salvador. ¡Feliz y Santa Navidad! (Por Néstor Mora)