(Doctrina Pontificia, IV, documentos Marianos, [Pío XI], págs., 444 y 445. Biblioteca de Autores Cristianos. MCMLIV)
El Magisterio Pontificio Contemporaneo,
Tomo I. Biblioteca de Autores Cristianos. MCMXCVI. Páginas: 185-196.
Pío XI
⋘QUAS PRIMAS⋙* * [AAS 17 (1925) 593-610]
Encíclica sobre la Fiesta de Cristo Rey
(11-XI-1925)
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(Doctrina Pontificia, IV, documentos Marianos, [Pío XI], págs., 444 y 445. Biblioteca de Autores
Cristianos. MCMLIV) Breve 20 de julio de 1925 595 ¡Oh clementísima Reina del Rosario de Pompeya!
Tú, sede tiene la sabiduría. has puesto un trono de misericordia nueva en la tierra...
Recuerda también que en el Calvario quedaste constituida la Corredentora. cooperando
con la crucifixión de tu corazón a la salvación del mundo, juntamente con tu Hijo
crucificado, y desde aquel día quedaste hecha la Reparadora del género humano.
el refugio de los pecadores v la. Madre de todos los hombres... ¡ Oh Mediadora
poderosísima, María, abogada del género humano, amantísima de los mortales y vida
de nuestro corazón... Todos los hombres te amarán. salud del mundo. árbitra dispensadora
de los tesoros de Dios y Reina de misericordia... Epist. enc. ⋘Quas primas⋙, 11 de diciembre
de 1925
Sobre la Realeza de Jesucristo.
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596...
Y muy particularmente las festivas solemnidades que fueron instituidas en honor
de la Santísima Virgen, recabaron, sin duda, que el pueblo cristiano no sólo venerase
más piadosamente a la Madre de Dios y benignísima Patrona, sino también que amase
con más ardor a la Madre que le había sido dejada como en testamento por el Redentor...
Encíclica sobre la fiesta de Cristo Rey
Del Sumo Pontífice Pío XI
En la primera encíclica, que al comenzar nuestro Pontificado enviamos a todos los
obispos del orbe católico, analizábamos las causas supremas de las calamidades que
veíamos abrumar y afligir al género humano.
Y en ella proclamamos Nos claramente no sólo que este cúmulo de males había
invadido la tierra, porque la mayoría de los hombres se habían alejado de Jesucristo
y de su ley santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y en la gobernación
del Estado, sino también que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera
entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el
imperio de nuestro Salvador.
La «paz de Cristo en el reino de Cristo»
1. Por lo cual, no sólo exhortamos entonces a buscar la paz de Cristo en el
reino de Cristo, sino que, además, prometimos que para dicho fin haríamos todo cuanto
posible nos fuese. En el reino de Cristo, dijimos: pues estábamos persuadidos de
que no hay medio más eficaz para restablecer y vigorizar la paz que procurar la
restauración del reinado de Jesucristo.
2. Entre tanto, no dejó de infundirnos sólida, esperanza de tiempos mejores
la favorable actitud de los pueblos hacia Cristo y su Iglesia, única que puede salvarlos;
actitud nueva en unos, reavivada en otros, de donde podía colegirse que muchos que
hasta entonces habían estado como desterrados del reino del Redentor, por haber
despreciado su soberanía, se preparaban felizmente y hasta se daban prisa en volver
a sus deberes de obediencia.
Y todo cuanto ha acontecido en el transcurso del Año Santo, digno todo de perpetua
memoria y recordación, ¿acaso no ha redundado en indecible honra y gloria del Fundador
de la Iglesia, Señor y Rey Supremo?
«Año Santo»
3. Porque maravilla es cuánto ha conmovido a las almas la Exposición Misional,
que ofreció a todos el conocer bien ora el infatigable esfuerzo de la Iglesia en
dilatar cada vez más el reino de su Esposo por todos los continentes e islas —aun,
de éstas, las de mares los más remotos—, ora el crecido número de regiones conquistadas
para la fe católica por la sangre y los sudores de esforzadísimos e invictos misioneros,
ora también las vastas regiones que todavía quedan por someter a la suave y salvadora
soberanía de nuestro Rey.
Además, cuantos —en tan grandes multitudes— durante el Año Santo han venido
de todas partes a Roma guiados por sus obispos y sacerdotes, ¿qué otro propósito
han traído sino postrarse, con sus almas purificadas, ante el sepulcro de los apóstoles
y visitarnos a Nos para proclamar que viven y vivirán sujetos a la soberanía de
Jesucristo?
4. Como una nueva luz ha parecido también resplandecer este reinado de nuestro
Salvador cuando Nos mismo, después de comprobar los extraordinarios méritos y virtudes
de seis vírgenes y confesores, los hemos elevado al honor de los altares, ¡Oh, cuánto
gozo y cuánto consuelo embargó nuestra alma cuando, después de promulgados por Nos
los decretos de canonización, una inmensa muchedumbre de fieles, henchida de gratitud,
cantó el Tu, Rex gloriae Christe en el majestuoso templo de San Pedro!
Y así, mientras los hombres y las naciones, alejados de Dios, corren a la ruina
y a la muerte por entre incendios de odios y luchas fratricidas, la Iglesia de Dios,
sin dejar nunca de ofrecer a los hombres el sustento espiritual, engendra y forma
nuevas generaciones de santos y de santas para Cristo, el cual no cesa de levantar
hasta la eterna bienaventuranza del reino celestial a cuantos le obedecieron y sirvieron
fidelísimamente en el reino de la tierra.
5. Asimismo, al cumplirse en el Año Jubilar el XVI Centenario del concilio de
Nicea, con tanto mayor gusto mandamos celebrar esta fiesta, y la celebramos Nos
mismo en la Basílica Vaticana, cuanto que aquel sagrado concilio definió y proclamó
como dogma de fe católica la consustancialidad del Hijo Unigénito con el Padre,
además de que, al incluir las palabras cuyo reino no tendrá fin en su Símbolo o
fórmula de fe, promulgaba la real dignidad de Jesucristo.
Habiendo, pues, concurrido en este Año Santo tan oportunas circunstancias para
realzar el reinado de Jesucristo, nos parece que cumpliremos un acto muy conforme
a nuestro deber apostólico si, atendiendo a las súplicas elevadas a Nos, individualmente
y en común, por muchos cardenales, obispos y fieles católicos, ponemos digno fin
a este Año Jubilar introduciendo en la sagrada liturgia una festividad especialmente
dedicada a Nuestro Señor Jesucristo Rey. Y ello de tal modo nos complace, que deseamos,
venerables hermanos, deciros algo acerca del asunto. A vosotros toca acomodar después
a la inteligencia del pueblo cuanto os vamos a decir sobre el culto de Cristo Rey;
de esta suerte, la solemnidad nuevamente instituida producirá en adelante, y ya
desde el primer momento, los más variados frutos.
I. LA REALEZA DE CRISTO
6. Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido
metafórico, a causa del supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra
entre todas las cosas creadas. Así, se dice que reina en las inteligencias de los
hombres, no tanto por el sublime y altísimo grado de su ciencia cuanto porque Él
es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de Él y recibir obedientemente
la verdad. Se dice también que reina en las voluntades de los hombres, no sólo porque
en Él la voluntad humana está entera y perfectamente sometida a la santa voluntad
divina, sino también porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra
libre voluntad y la enciende en nobilísimos propósitos. Finalmente, se dice con
verdad que Cristo reina en los corazones de los hombres porque, con su supereminente
caridad [Ef 3,19.] y con su mansedumbre y benignidad, se hace amar por las almas de manera que
jamás nadie —entre todos los nacidos— ha sido ni será nunca tan amado como Cristo
Jesús. Mas, entrando ahora de lleno en el asunto, es evidente que también en sentido
propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad
de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de Él que recibió del Padre la potestad,
el honor y el reino [Dan 7,13-14.]; porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica
a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad
y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo
sobre todas las criaturas.
a) En el Antiguo Testamento
7. Que Cristo es Rey, lo dicen a cada paso las Sagradas Escrituras.
Así, le llaman el dominador que ha de nacer de la estirpe de Jacob [Núm 24,19.]; el que por el Padre ha sido constituido Rey sobre
el monte santo de Sión y recibirá las gentes en herencia y en posesión los confines
de la tierra [Sal 2.]. El salmo nupcial, donde bajo la imagen y representación
de un Rey muy opulento y muy poderoso se celebraba al que había de ser verdadero
Rey de Israel, contiene estas frases: El trono tuyo, ¡oh Dios!, permanece por
los siglos de los siglos; el cetro de su reino es cetro de rectitud [Sal 44.]. Y omitiendo otros muchos textos semejantes, en otro
lugar, como para dibujar mejor los caracteres de Cristo, se predice que su reino
no tendrá límites y estará enriquecido con los dones de la justicia y de la paz:
Florecerá en sus días la justicia y la abundancia de paz... y dominará de un
mar a otro, y desde el uno hasta el otro extrema del orbe de la tierra [Sal 71.].
8. A este testimonio se añaden otros, aún más copiosos, de los profetas, y principalmente
el conocidísimo de Isaías: Nos ha nacido un Párvulo y se nos ha dado un Hijo,
el cual lleva sobre sus hombros el principado; y tendrá por nombre el Admirable,
el Consejero, Dios, el Fuerte, el Padre del siglo venidero, el Príncipe de Paz.
Su imperio será amplificado y la paz no tendrá fin; se sentará sobre el solio de
David, y poseerá su reino para afianzarlo y consolidarlo haciendo reinar la equidad
y la justicia desde ahora y para siempre [Is 9,6-7.]. Lo mismo que Isaías vaticinan los demás profetas. Así Jeremías, cuando predice
que de la estirpe de David nacerá el vástago justo, que cual hijo de David
reinará como Rey y será sabio y juzgará en la tierra [Jer 23,5.]. Así Daniel, al anunciar que el Dios del cielo fundará un reino, el cual no
será jamás destruido..., permanecerá eternamente [Dan 2,44.]; y poco después añade: Yo estaba observando durante la visión nocturna,
y he aquí que venía entre las nubes del cielo un personaje que parecía el Hijo del
Hombre; quien se adelantó hacia el Anciano de muchos días y le presentaron ante
El. Y diole éste la potestad, el honor y el reino: Y todos los pueblos, tribus y
lenguas le servirán: la potestad suya es potestad eterna, que no le será quitada,
y su reino es indestructible [Dan 7 13-14.]. Aquellas palabras de Zacarías donde predice al Rey manso que, subiendo
sobre una asna y su pollino, había de entrar en Jerusalén, como Justo y como
Salvador, entre las aclamaciones de las turbas [ Zac 9,9.11], ¿acaso no las vieron realizadas y comprobadas los santos evangelistas?
b) En el Nuevo Testamento
9. Por otra parte, esta misma doctrina sobre Cristo Rey que hemos entresacado
de los libros del Antiguo Testamento, tan lejos está de faltar en los del Nuevo
que, por lo contrario, se halla magnífica y luminosamente confirmada.
En este punto, y pasando por alto el mensaje del arcángel, por el cual fue advertida
la Virgen que daría a luz un niño a quien Dios había de dar el trono de David su
padre y que reinaría eternamente en la casa de Jacob, sin que su reino tuviera jamás
fin [Lc 1,32-33.], es el mismo Cristo el que da testimonio de su realeza,
pues ora en su último discurso al pueblo, al hablar del premio y de las penas reservadas
perpetuamente a los justos y a los réprobos; ora al responder al gobernador romano
que públicamente le preguntaba si era Rey; ora, finalmente, después de su resurrección,
al encomendar a los apóstoles el encargo de enseñar y bautizar a todas las gentes,
siempre y en toda ocasión oportuna se atribuyó el título de Rey [Mt 25,31-40.] y públicamente confirmó que es Rey [Jn 18,37.], y solemnemente declaró que le ha sido dado todo poder
en el cielo y en la tierra [Mt 28,18.]. Con las cuales palabras, ¿qué otra cosa se significa sino la grandeza de su
poder y la extensión infinita de su reino? Por lo tanto, no es de maravillar que
San Juan le llame Príncipe de los reyes de la tierra
[Ap 1,5.], y que El mismo, conforme a la visión apocalíptica, lleve escrito en su
vestido y en su muslo: Rey de Reyes y Señor de los que dominan [ Ibíd., 19,16.]. Puesto que el Padre constituyó a Cristo heredero
universal de todas las cosas [Heb 1,1.], menester es que reine Cristo hasta que, al fin de los siglos, ponga bajo los
pies del trono de Dios a todos sus enemigos [1 Cor 15,25.].
c) En la Liturgia
10. De esta doctrina común a los Sagrados Libros, se siguió necesariamente que
la Iglesia, reino de Cristo sobre la tierra, destinada a extenderse a todos los
hombres y a todas las naciones, celebrase y glorificase con multiplicadas muestras
de veneración, durante el ciclo anual de la liturgia, a su Autor y Fundador como
a Soberano Señor y Rey de los reyes.
Y así como en la antigua salmodia y en los antiguos Sacramentarios usó
de estos títulos honoríficos que con maravillosa variedad de palabra expresan el
mismo concepto, así también los emplea actualmente en los diarios actos de oración
y culto a la Divina Majestad y en el Santo Sacrificio de la Misa. En esta perpetua
alabanza a Cristo Rey descúbrese fácilmente la armonía tan hermosa entre nuestro
rito y el rito oriental, de modo que se ha manifestado también en este caso que
la ley de la oración constituye la ley de la creencia.
d) Fundada en la unión hipostática
11. Para mostrar ahora en qué consiste el fundamento de esta dignidad y de este
poder de Jesucristo, he aquí lo que escribe muy bien San Cirilo de Alejandría: Posee
Cristo soberanía sobre todas las criaturas, no arrancada por fuerza ni quitada a
nadie, sino en virtud de su misma esencia y naturaleza [ In Luc. 10.]. Es decir, que la soberanía o principado de Cristo se funda en la maravillosa
unión llamada hipostática. De donde se sigue que Cristo no sólo debe ser adorado
en cuanto Dios por los ángeles y por los hombres, sino que, además, los unos y los
otros están sujetos a su imperio y le deben obedecer también en cuanto hombre; de
manera que por el solo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad sobre
todas las criaturas.
e) Y en la redención
12. Pero, además, ¿qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave que el pensamiento
de que Cristo impera sobre nosotros, no sólo por derecho de naturaleza, sino también
por derecho de conquista, adquirido a costa de la redención? Ojalá que todos los
hombres, harto olvidadizos, recordasen cuánto le hemos costado a nuestro Salvador.
Fuisteis rescatados no con oro o plata, que son cosas perecederas, sino con la
sangre preciosa de Cristo, como de un Cordero Inmaculado y sin tacha [1 Pt 1,18-19]. No somos, pues, ya nuestros, puesto que Cristo nos
ha comprado por precio grande [1 Cor 6,20]; hasta nuestros mismos cuerpos son miembros de Jesucristo [Ibíd., 6,15].
II. CARÁCTER DE LA REALEZA
DE CRISTO
a) Triple potestad
13. Viniendo ahora a explicar la fuerza y naturaleza de este principado y soberanía
de Jesucristo, indicaremos brevemente que contiene una triple potestad, sin la cual
apenas se concibe un verdadero y propio principado. Los testimonios, aducidos de
las Sagradas Escrituras, acerca del imperio universal de nuestro Redentor, prueban
más que suficientemente cuanto hemos dicho; y es dogma, además, de fe católica,
que Jesucristo fue dado a los hombres como Redentor, en quien deben confiar, y como
legislador a quien deben obedecer [Conc. Trid., ses.6 c.21]. Los santos Evangelios no sólo narran que Cristo legisló,
sino que nos lo presentan legislando. En diferentes circunstancias y con diversas
expresiones dice el Divino Maestro que quienes guarden sus preceptos demostrarán
que le aman y permanecerán en su caridad [Jn 14,15; 15,10]. El mismo Jesús, al responder a los judíos, que le acusaban de haber violado
el sábado con la maravillosa curación del paralítico, afirma que el Padre le había
dado la potestad judicial, porque el Padre no juzga a nadie, sino que todo el
poder de juzgar se lo dio al Hijo [Jn 5,22.]. En lo cual se comprende también su derecho de premiar y castigar a los hombres,
aun durante su vida mortal, porque esto no puede separarse de una forma de juicio.
Además, debe atribuirse a Jesucristo la potestad llamada ejecutiva, puesto que es
necesario que todos obedezcan a su mandato, potestad que a los rebeldes inflige
castigos, a los que nadie puede sustraerse.
b) Campo de la realeza de Cristo
a) En Lo espiritual
14. Sin embargo, los textos que hemos citado de la Escritura demuestran evidentísimamente,
y el mismo Jesucristo lo confirma con su modo de obrar, que este reino es principalmente
espiritual y se refiere a las cosas espirituales. En efecto, en varias ocasiones,
cuando los judíos, y aun los mismos apóstoles, imaginaron erróneamente que el Mesías
devolvería la libertad al pueblo y restablecería el reino de Israel, Cristo les
quitó y arrancó esta vana imaginación y esperanza. Asimismo, cuando iba a ser proclamado
Rey por la muchedumbre, que, llena de admiración, le rodeaba, El rehusó tal título
de honor huyendo y escondiéndose en la soledad. Finalmente, en presencia del gobernador
romano manifestó que su reino no era de este mundo. Este reino se nos muestra en
los evangelios con tales caracteres, que los hombres, para entrar en él, deben prepararse
haciendo penitencia y no pueden entrar sino por la fe y el bautismo, el cual, aunque
sea un rito externo, significa y produce la regeneración interior. Este reino únicamente
se opone al reino de Satanás y a la potestad de las tinieblas; y exige de sus súbditos
no sólo que, despegadas sus almas de las cosas y riquezas terrenas, guarden ordenadas
costumbres y tengan hambre y sed de justicia, sino también que se nieguen a sí mismos
y tomen su cruz. Habiendo Cristo, como Redentor, rescatado a la Iglesia con su Sangre
y ofreciéndose a sí mismo, como Sacerdote y como Víctima, por los pecados del mundo,
ofrecimiento que se renueva cada día perpetuamente, ¿quién no ve que la dignidad
real del Salvador se reviste y participa de la naturaleza espiritual de ambos oficios?
b) En lo temporal
15. Por otra parte, erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder
sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confirió un derecho
absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a
su arbitrio. Sin embargo de ello, mientras vivió sobre la tierra se abstuvo enteramente
de ejercitar este poder, y así como entonces despreció la posesión y el cuidado
de las cosas humanas, así también permitió, y sigue permitiendo, que los poseedores
de ellas las utilicen.
Acerca de lo cual dice bien aquella frase: No quita los reinos mortales el
que da los celestiales [Himno Crudelis Herodes,
en el of. de Epif.]. Por tanto, a todos los hombres se extiende el dominio de nuestro Redentor,
como lo afirman estas palabras de nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII,
las cuales hacemos con gusto nuestras: El imperio de Cristo se extiende no sólo
sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que habiendo recibido el bautismo pertenecen
de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los separe
de la caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana,
de suerte que bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano [Encíclica. Annum sacrum, 25 mayo 1899].
c) En los individuos y en la sociedad
16. Él es, en efecto, la fuente del bien público y privado. Fuera de
Él no hay que buscar la salvación en ningún otro; pues no se ha dado a los hombres
otro nombre debajo del cielo por el cual debamos salvarnos [Hech 4,12.].
Él es sólo quien da la prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos
como a las naciones: porque la felicidad de la nación no procede de distinta
fuente que la felicidad de los ciudadanos, pues la nación no es otra cosa que el
conjunto concorde de ciudadanos [S. Agustín, Ep. ad Macedonium
c.3]. No se nieguen, pues, los
gobernantes de las naciones a dar por sí mismos y por el pueblo públicas muestras
de veneración y de obediencia al imperio de Cristo si quieren conservar incólume
su autoridad y hacer la felicidad y la fortuna de su patria. Lo que al comenzar
nuestro pontificado escribíamos sobre el gran menoscabo que padecen la autoridad
y el poder legítimos, no es menos oportuno y necesario en los presentes tiempos,
a saber: «Desterrados Dios y Jesucristo —lamentábamos— de las leyes y de la gobernación
de los pueblos, y derivada la autoridad, no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido
que... hasta los mismos fundamentos de autoridad han quedado arrancados, una vez
suprimida la causa principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la
obligación de obedecer. De lo cual no ha podido menos de seguirse una violenta conmoción
de toda la humana sociedad privada de todo apoyo y fundamento sólido» [Enc. Ubi arcano].
17. En cambio, si los hombres, pública y privadamente, reconocen la regia potestad
de Cristo, necesariamente vendrán a toda la sociedad civil increíbles beneficios,
como justa libertad, tranquilidad y disciplina, paz y concordia. La regia dignidad
de Nuestro Señor, así como hace sacra en cierto modo la autoridad humana de los
jefes y gobernantes del Estado, así también ennoblece los deberes y la obediencia
de los súbditos. Por eso el apóstol San Pablo, aunque ordenó a las casadas y a los
siervos que reverenciasen a Cristo en la persona de sus maridos y señores, mas también
les advirtió que no obedeciesen a éstos como a simples hombres, sino sólo como a
representantes de Cristo, porque es indigno de hombres redimidos por Cristo servir
a otros hombres: Rescatados habéis sido a gran costa; no queráis haceros siervos
de los hombres [1 Cor 7,23.].
18. Y si los príncipes y los gobernantes legítimamente elegidos se persuaden
de que ellos mandan, más que por derecho propio por mandato y en representación
del Rey divino, a nadie se le ocultará cuán santa y sabiamente habrán de usar de
su autoridad y cuán gran cuenta deberán tener, al dar las leyes y exigir su cumplimiento,
con el bien común y con la dignidad humana de sus inferiores. De aquí se seguirá,
sin duda, el florecimiento estable de la tranquilidad y del orden, suprimida toda
causa de sedición; pues aunque el ciudadano vea en el gobernante o en las demás
autoridades públicas a hombres de naturaleza igual a la suya y aun indignos y vituperables
por cualquier cosa, no por eso rehusará obedecerles cuando en ellos contemple la
imagen y la autoridad de Jesucristo, Dios y hombre verdadero.
19. En lo que se refiere a la concordia y a la paz, es evidente que, cuanto
más vasto es el reino y con mayor amplitud abraza al género humano, tanto más se
arraiga en la conciencia de los hombres el vínculo de fraternidad que los une. Esta
convicción, así como aleja y disipa los conflictos frecuentes, así también endulza
y disminuye sus amarguras. Y si el reino de Cristo abrazase de hecho a todos los
hombres, como los abraza de derecho, ¿por qué no habríamos de esperar aquella paz
que el Rey pacífico trajo a la tierra, aquel Rey que vino para reconciliar todas
las cosas; que no vino a que le sirviesen, sino a servir; que siendo el Señor
de todos, se hizo a sí mismo ejemplo de humildad y estableció como ley principal
esta virtud, unida con el mandato de la caridad; que, finalmente dijo: Mi yugo
es suave y mi carga es ligera.
¡Oh, qué felicidad podríamos gozar si los individuos, las familias y las sociedades
se dejaran gobernar por Cristo! Entonces verdaderamente —diremos con las
mismas palabras de nuestro predecesor León XIII dirigió hace veinticinco años a
todos los obispos del orbe católico—, entonces se podrán curar tantas heridas,
todo derecho recobrará su vigor antiguo, volverán los bienes de la paz, caerán de
las manos las espadas y las armas, cuando todos acepten de buena voluntad el imperio
de Cristo, cuando le obedezcan, cuando toda lengua proclame que Nuestro Señor Jesucristo
está en la gloria de Dios Padre [Enc. Annum sacrum, 25 mayo
1899.].
III. LA FIESTA DE JESUCRISTO
REY
20. Ahora bien: para que estos inapreciables provechos se recojan más abundantes
y vivan estables en la sociedad cristiana, necesario es que se propague lo más posible
el conocimiento de la regia dignidad de nuestro Salvador, para lo cual nada será
más eficaz que instituir la festividad propia y peculiar de Cristo Rey.
Las fiestas de la Iglesia
Porque para instruir al pueblo en las cosas de la fe y atraerle por medio de
ellas a los íntimos goces del espíritu, mucho más eficacia tienen las fiestas anuales
de los sagrados misterios que cualesquiera enseñanzas, por autorizadas que sean,
del eclesiástico magisterio.
Estas sólo son conocidas, las más veces, por unos pocos fieles, más instruidos
que los demás; aquéllas impresionan e instruyen a todos los fieles; éstas —digámoslo
así— hablan una sola vez, aquéllas cada año y perpetuamente; éstas penetran en las
inteligencias, a los corazones, al hombre entero. Además, como el hombre consta
de alma y cuerpo, de tal manera le habrán de conmover necesariamente las solemnidades
externas de los días festivos, que por la variedad y hermosura de los actos litúrgicos
aprenderá mejor las divinas doctrinas, y convirtiéndolas en su propio jugo y sangre,
aprovechará mucho más en la vida espiritual.
En el momento oportuno
21. Por otra parte, los documentos históricos demuestran que estas festividades
fueron instituidas una tras otra en el transcurso de los siglos, conforme lo iban
pidiendo la necesidad y utilidad del pueblo cristiano, esto es, cuando hacía falta
robustecerlo contra un peligro común, o defenderlo contra los insidiosos errores
de la herejía, o animarlo y encenderlo con mayor frecuencia para que conociese y
venerase con mayor devoción algún misterio de la fe, o algún beneficio de la divina
bondad. Así, desde los primeros siglos del cristianismo, cuando los fieles eran
acerbísimamente perseguidos, empezó la liturgia a conmemorar a los mártires para
que, como dice San Agustín, las festividades de los mártires fuesen otras tantas
exhortaciones al martirio [Sermón 47: De sanctis]. Más tarde, los honores litúrgicos concedidos a los
santos confesores, vírgenes y viudas sirvieron maravillosamente para reavivar en
los fieles el amor a las virtudes, tan necesario aun en tiempos pacíficos. Sobre todo, las festividades
instituidas en honor a la Santísima Virgen contribuyeron, sin duda, a que el pueblo
cristiano no sólo enfervorizase su culto a la Madre de Dios, su poderosísima protectora, sino también a que se encendiese
en más fuerte amor hacia la Madre celestial que el Redentor le había legado como
herencia. Además, entre los beneficios que produce el público y legítimo culto de
la Virgen y de los Santos, no debe ser pasado en silencio el que la Iglesia haya
podido en todo tiempo rechazar victoriosamente la peste de los errores y herejías.
22. En este punto debemos admirar los designios de la divina Providencia, la
cual, así como suele sacar bien del mal, así también permitió que se enfriase a
veces la fe y piedad de los fieles, o que amenazasen a la verdad católica falsas doctrinas, aunque al cabo volvió ella a
resplandecer con nuevo fulgor, y volvieron los fieles, despertados de su letargo,
a enfervorizarse en la virtud y en la santidad. Asimismo, las festividades incluidas
en el año litúrgico durante los tiempos modernos han tenido también el mismo origen
y han producido idénticos frutos. Así, cuando se entibió la reverencia y culto al
Santísimo Sacramento, entonces se instituyó la fiesta del Corpus Christi,
y se mandó celebrarla de tal modo que la solemnidad y magnificencia litúrgicas durasen
por toda la octava, para atraer a los fieles a que veneraran públicamente al Señor.
Así también, la festividad del Sacratísimo Corazón de Jesús fue instituida cuando
las almas, debilitadas y abatidas por la triste y helada severidad de los jansenistas,
habíanse enfriado y alejado del amor de Dios y de la confianza de su eterna salvación.
Contra el moderno laicismo
23. Y si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del
mundo, con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes,
y pondremos un remedio eficacísimo a la peste que hoy inficiona a la humana sociedad.
Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y
abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no
maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de
la sociedad. Se comenzó por negar el imperio de Cristo sobre todas las gentes; se
negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar
al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos
a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada
con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se
la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y
magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la
religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente
humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su
religión en la impiedad y en el desprecio de Dios.
24. Los amarguísimos frutos que este alejarse de Cristo por parte de los individuos
y de las naciones ha producido con tanta frecuencia y durante tanto tiempo, los
hemos lamentado ya en nuestra encíclica Ubi arcano, y los volvemos hoy a
lamentar, al ver el germen de la discordia sembrado por todas partes; encendidos
entre los pueblos los odios y rivalidades que tanto retardan, todavía, el restablecimiento
de la paz; las codicias desenfrenadas, que con frecuencia se esconden bajo las apariencias
del bien público y del amor patrio; y, brotando de todo esto, las discordias civiles,
junto con un ciego y desatado egoísmo, sólo atento a sus particulares provechos
y comodidades y midiéndolo todo por ellas; destruida de raíz la paz doméstica por
el olvido y la relajación de los deberes familiares; rota la unión y la estabilidad
de las familias; y, en fin, sacudida y empujada a la muerte la humana sociedad.
La fiesta de Cristo Rey
25. Nos anima, sin embargo, la dulce esperanza de que la fiesta anual de Cristo
Rey, que se celebrará en seguida, impulse felizmente a la sociedad a volverse a
nuestro amadísimo Salvador. Preparar y acelerar esta vuelta con la acción y con
la obra sería ciertamente deber de los católicos; pero muchos de ellos parece que
no tienen en la llamada convivencia social ni el puesto ni la autoridad que es indigno
les falten a los que llevan delante de sí la antorcha de la verdad. Estas desventajas
quizá procedan de la apatía y timidez de los buenos, que se abstienen de luchar
o resisten débilmente; con lo cual es fuerza que los adversarios de la Iglesia cobren
mayor temeridad y audacia. Pero si los fieles todos comprenden que deben militar
con infatigable esfuerzo bajo la bandera de Cristo Rey, entonces, inflamándose en
el fuego del apostolado, se dedicarán a llevar a Dios de nuevo los rebeldes e ignorantes,
y trabajarán animosos por mantener incólumes los derechos del Señor.
Además, para condenar y reparar de alguna manera esta pública apostasía, producida,
con tanto daño de la sociedad, por el laicismo, ¿no parece que debe ayudar grandemente
la celebración anual de la fiesta de Cristo Rey entre todas las gentes? En verdad:
cuanto más se oprime con indigno silencio el nombre suavísimo de nuestro Redentor,
en las reuniones internacionales y en los Parlamentos, tanto más alto hay que gritarlo
y con mayor publicidad hay que afirmar los derechos de su real dignidad y potestad.
Continúa una tradición
26. ¿Y quién no echa de ver que ya desde fines del siglo pasado se preparaba
maravillosamente el camino a la institución de esta festividad? Nadie ignora cuán
sabia y elocuentemente fue defendido este culto en numerosos libros publicados en
gran variedad de lenguas y por todas partes del mundo; y asimismo que el imperio
y soberanía de Cristo fue reconocido con la piadosa práctica de dedicar y consagrar
casi innumerables familias al Sacratísimo Corazón de Jesús. Y no solamente se consagraron
las familias, sino también ciudades y naciones. Más aún: por iniciativa y deseo
de León XIII fue consagrado al Divino Corazón todo el género humano durante el Año
Santo de 1900.
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27. No se debe pasar en silencio que, para confirmar solemnemente esta soberanía
de Cristo sobre la sociedad humana, sirvieron de maravillosa manera los frecuentísimos
Congresos eucarísticos que suelen celebrarse en nuestros tiempos, y cuyo fin es
convocar a los fieles de cada una de las diócesis, regiones, naciones y aun del
mundo todo, para venerar y adorar a Cristo Rey, escondido bajo los velos eucarísticos;
y por medio de discursos en las asambleas y en los templos, de la adoración, en
común, del augusto Sacramento públicamente expuesto y de solemnísimas procesiones,
proclamar a Cristo como Rey que nos ha sido dado por el cielo. Bien y con razón
podría decirse que el pueblo cristiano, movido como por una inspiración divina,
sacando del silencio y como escondrijo de los templos a aquel mismo Jesús a quien
los impíos, cuando vino al mundo, no quisieron recibir, y llevándole como a un
triunfador por las vías públicas, quiere restablecerlo en todos sus reales derechos.
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Coronada en el Año Santo
28. Ahora bien: para realizar nuestra idea que acabamos de exponer, el Año Santo,
que toca a su fin, nos ofrece tal oportunidad que no habrá otra mejor; puesto que
Dios, habiendo benignísimamente levantado la mente y el corazón de los fieles a
la consideración de los bienes celestiales que sobrepasan el sentido, les ha devuelto
el don de su gracia, o los ha confirmado en el camino recto, dándoles nuevos estímulos
para emular mejores carismas. Ora, pues, atendamos a tantas súplicas como los han
sido hechas, ora consideremos los acontecimientos del Año Santo, en verdad que sobran
motivos para convencernos de que por fin ha llegado el día, tan vehementemente deseado,
en que anunciemos que se debe honrar con fiesta propia y especial a Cristo como
Rey de todo el género humano.
29. Porque en este año, como dijimos al principio, el Rey divino, verdaderamente
admirable en sus santos, ha sido gloriosamente magnificado con la elevación
de un nuevo grupo de sus fieles soldados al honor de los altares. Asimismo, en este
año, por medio de una inusitada Exposición Misional, han podido todos admirar los
triunfos que han ganado para Cristo sus obreros evangélicos al extender su reino.
Finalmente, en este año, con la celebración del centenario del concilio de Nicea,
hemos conmemorado la vindicación del dogma de la consustancialidad del Verbo encarnado
con el Padre, sobre la cual se apoya como en su propio fundamento la soberanía del
mismo Cristo sobre todos los pueblos.
Condición litúrgica de la fiesta
30. Por tanto, con nuestra autoridad apostólica, instituimos la fiesta de nuestro
Señor Jesucristo Rey, y decretamos que se celebre en todas las partes de la tierra
el último domingo de octubre, esto es, el domingo que inmediatamente antecede a
la festividad de Todos los Santos. Asimismo ordenamos que en ese día se renueve
todos los años la consagración de todo el género humano al Sacratísimo Corazón de
Jesús, con la misma fórmula que nuestro predecesor, de santa memoria, Pío X, mandó
recitar anualmente.
Este año, sin embargo, queremos que se renueve el día 31 de diciembre, en el
que Nos mismo oficiaremos un solemne pontifical en honor de Cristo Rey, u ordenaremos
que dicha consagración se haga en nuestra presencia. Creemos que no podemos cerrar
mejor ni más convenientemente el Año Santo, ni dar a Cristo, Rey inmortal de
los siglos, más amplio testimonio de nuestra gratitud —con lo cual interpretamos
la de todos los católicos— por los beneficios que durante este Año Santo hemos recibido
Nos, la Iglesia y todo el orbe católico.
31. No es menester, venerables hermanos, que os expliquemos detenidamente los
motivos por los cuales hemos decretado que la festividad de Cristo Rey se celebre
separadamente de aquellas otras en las cuales parece ya indicada e implícitamente
solemnizada esta misma dignidad real. Basta advertir que, aunque en todas las fiestas
de nuestro Señor el objeto material de ellas es Cristo, pero su objeto formal es
enteramente distinto del título y de la potestad real de Jesucristo. La razón por
la cual hemos querido establecer esta festividad en día de domingo es para que no
tan sólo el clero honre a Cristo Rey con la celebración de la misa y el rezo del
oficio divino, sino para que también el pueblo, libre de las preocupaciones y con
espíritu de santa alegría, rinda a Cristo preclaro testimonio de su obediencia y
devoción. Nos pareció también el último domingo de octubre mucho más acomodado para
esta festividad que todos los demás, porque en él casi finaliza el año litúrgico;
pues así sucederá que los misterios de la vida de Cristo, conmemorados en el transcurso
del año, terminen y reciban coronamiento en esta solemnidad de Cristo Rey, y antes
de celebrar la gloria de Todos los Santos, se celebrará y se exaltará la gloria
de aquel que triunfa en todos los santos y elegidos. Sea, pues, vuestro deber y
vuestro oficio, venerables hermanos, hacer de modo que a la celebración de esta
fiesta anual preceda, en días determinados, un curso de predicación al pueblo en
todas las parroquias, de manera que, instruidos cuidadosamente los fieles sobre
la naturaleza, la significación e importancia de esta festividad, emprendan y ordenen
un género de vida que sea verdaderamente digno de los que anhelan servir amorosa
y fielmente a su Rey, Jesucristo.
Con los mejores frutos
32. Antes de terminar esta carta, nos place, venerables hermanos, indicar brevemente
las utilidades que en bien, ya de la Iglesia y de la sociedad civil, ya de cada
uno de los fieles esperamos y Nos prometemos de este público homenaje de culto a
Cristo Rey.
a) Para la Iglesia
En efecto: tributando estos honores a la soberanía real de Jesucristo, recordarán
necesariamente los hombres que la Iglesia, como sociedad perfecta instituida por
Cristo, exige —por derecho propio e imposible de renunciar— plena libertad e independencia
del poder civil; y que en el cumplimiento del oficio encomendado a ella por Dios,
de enseñar, regir y conducir a la eterna felicidad a cuantos pertenecen al Reino
de Cristo, no pueden depender del arbitrio de nadie.
Más aún: el Estado debe también conceder la misma libertad a las órdenes y congregaciones
religiosas de ambos sexos, las cuales, siendo como son valiosísimos auxiliares de
los pastores de la Iglesia, cooperan grandemente al establecimiento y propagación
del reino de Cristo, ya combatiendo con la observación de los tres votos la triple
concupiscencia del mundo, ya profesando una vida más perfecta, merced a la cual
aquella santidad que el divino Fundador de la Iglesia quiso dar a ésta como nota
característica de ella, resplandece y alumbra, cada día con perpetuo y más vivo
esplendor, delante de los ojos de todos.
b) Para la sociedad civil
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33. La celebración
de esta fiesta, que se renovará cada año, enseñará también a las naciones que
el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no sólo obliga a los particulares,
sino también a los magistrados y gobernantes.
A éstos les traerá a la memoria el pensamiento del juicio final, cuando Cristo,
no tanto por haber sido arrojado de la gobernación del Estado cuanto también aun
por sólo haber sido ignorado o menospreciado, vengará terriblemente todas estas
injurias; pues su regia dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los
mandamientos divinos y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes,
ora al administrar justicia, ora finalmente al formar las almas de los jóvenes
en la sana doctrina y en la rectitud de costumbres. Es, además, maravillosa la
fuerza y la virtud que de la meditación de estas cosas podrán sacar los fieles
para modelar su espíritu según las verdaderas normas de la vida cristiana.
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c) Para los fieles
34. Porque si a Cristo nuestro Señor le ha sido dado todo poder en el cielo
y en la tierra; si los hombres, por haber sido redimidos con su sangre, están sujetos
por un nuevo título a su autoridad; si, en fin, esta potestad abraza a toda la naturaleza
humana, claramente se ve que no hay en nosotros ninguna facultad que se sustraiga
a tan alta soberanía. Es, pues, necesario que Cristo reine en la inteligencia del
hombre, la cual, con perfecto acatamiento, ha de asentir firme y constantemente
a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo; es necesario que reine en la
voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos; es necesario que
reine en el corazón, el cual, posponiendo los efectos naturales, ha de amar a Dios
sobre todas las cosas, y sólo a El estar unido; es necesario que reine en el cuerpo
y en sus miembros, que como instrumentos, o en frase del apóstol San Pablo, como
armas de justicia para Dios [Rom 6,13.], deben servir para la interna santificación del alma. Todo lo cual, si se propone
a la meditación y profunda consideración de los fieles, no hay duda que éstos se
inclinarán más fácilmente a la perfección.
35. Haga el Señor, venerables hermanos, que todos cuantos se hallan fuera de
su reino deseen y reciban el suave yugo de Cristo; que todos cuantos por su misericordia
somos ya sus súbditos e hijos llevemos este yugo no de mala gana, sino con gusto,
con amor y santidad, y que nuestra vida, conformada siempre a las leyes del reino
divino, sea rica en hermosos y abundantes frutos; para que, siendo considerados
por Cristo como siervos buenos y fieles, lleguemos a ser con El participantes del
reino celestial, de su eterna felicidad y gloria.
Estos deseos que Nos formulamos para la fiesta de la Navidad de nuestro Señor
Jesucristo, sean para vosotros, venerables hermanos, prueba de nuestro paternal
afecto; y recibid la bendición apostólica, que en prenda de los divinos favores
os damos de todo corazón, a vosotros, venerables hermanos, y a todo vuestro clero
y pueblo.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de diciembre de 1925, año cuarto de nuestro
pontificado.